Taller Literario Hannia Hoffmann( La historia de la tercera generación) A la memoria de mis padres Marinnette y José Enrique. Comuniones primeras (remembranza) I Soy un ser que canta y baila. Soy un ser que escribe y habla. Fui en la tierra colocada por alguna fuerza extraña. Fueron mi padre y mi madre los responsables... lo sé, de que llegara a este mundo a hacer... bueno ¡ no lo sé! En una tarde, las musas, ¿ o fue Minerva talvez ? sutiles, se deslizaron por mi casa: entraron por las ventanas en un rayito de Sol. Lo contemplé, silenciosa, y desde entonces ... no sé, disfruto más de la vida y del paisaje, también. Yo era tan sólo una niña de siete u ocho, talvez, y desde entonces ¡ lo juro ! ¡ juro que canté y bailé ! El Sol me trajo a las Musas, de la poesía disfruté. Y -en el viejo tocadiscos- de la música, también. Mis padres ¡ benditos sean ! , me llevaron de la mano a conocer la poesía. Me presentaron al mar. Me enseñaron a oír música, me enseñaron a bailar. Y supe de las canciones que entonaron siendo niños; y también de los lugares donde fueron a pasear. Ellos dos me colocaron en los bellos escenarios para mis primeros juegos, en donde aprendí a soñar. II En un plato de trigo tres tristes tigres trigo comieron... Ambo ambo matarile rile-rón... En el patio hay muchos cases, en la casa, una canción: en la cocina la sopa hierve... en mi cuarto, juego los juegos de siempre. Viajo en viajes de palabras y de fotos de colores, en los libros; visito reinos antiguos, de cuentos; y ciudades... en las selvas, observo los animales... ¿ cuántos años tengo ? Ambo, ambo mararile-rile-rón En la sala, Daniel Santos canta una vieja canción... es la vida que transcurre y, lentamente, se construyen mis recuerdos, sin saberlo yo. III Bajo el árbol, árbol viejo lleno de frutos y flores, otra vez juego. Y las hojas reverberan en sus sombras, animándose en figuras: tierra-pasto-hojas de sombra, aromas de cas y flores... ¡ Sí, ya hay moras y cerezas y fresitas pequeñitas, en el patio ! ¦ Que bendita sea la tierra que me albergó siendo niña ! Tengo mi escuela de danza en el planché de cemento. ¡ Son piedras las bailarinas ! Bailan al ritmo de notas que mi música les dicta. Bailan y bailan por horas. Ningún público las mira. ¦ Ah, ya llegaron las doce ! ¡ Ya la clase se termina ! Y llegaron mis hermanas, para jugar " Pulpería ". ¡ Se transforma el escenario ! Y las chapas de refrescos van a ser las herramientas, pues con ellas cortaremos hojas de cas y haremos los paquetitos... esas serán las tortillas que comprarán las señoras que irán a la pulpería. Fresas, cerezas y moras serán otras mercancías. También ramitas del árbol, yerbas, piedritas y flores. Y las chapas, aplastadas, pues... serán las moneditas. ¿ Cuántos años tengo ? ¿ Nueve ? ¿ Diez ? ¿ O quizás ocho ? Los recuerdos se me pierden... Ya regresan... es la sala de mi casa y está lista, con utensilios y chunches para jugar de casita: trastos llenos de comida: sopa de boli desecho, corazoncitos, tapitas, confites frutini, marcianitos y yemitas. ¡ Fue con dos colones, todo se compró con dos colones ! Los puso Mary, mi hermana, ella siempre guarda plata. También hay gelatinitos, confites de menta y mora... Hay muñecos en la fiesta, con sus respectivas novias: lo recuerdo, es una boda de un muñeco de mi casa, con la muñeca de enfrente. El divorcio, lo confieso, se efectuaría al día siguiente, pues ninguna de las niñas quiso dejar su muñeco. Y ni modo, la pareja se deshizo ¡ y eso es todo ! IV Puntarenas, Puntarenas, bello puerto de emociones donde todas las canciones brillan mucho más que el Sol. Eso dice la canción. Es noche, es tarde y no puedo conciliar el sueño... ¡ no ! Canto a voces la canción. No me duermo, no, no puedo. ¿ Cuántos años tengo ? ¿ Serán ocho, serán siete, serán nueve o diez ? Hay paseo al día siguiente : ¡ A levantarse temprano ! Los frijolitos molidos, hierven ya. Sandwich de mano de piedra, ensalada y huevos duros. ¦ Ayuden a preparar ! ¦ Alístense, desayunen, que nos vamos ya ! ¡ Subamos todos al carro, ya arrancamos...! Es casi de madrugada, nos vamos a Puntarenas por la carretera vieja, que se dura más. Por eso vamos temprano. Amanece y de camino, los sánguches, en el carro, se tostaron con el Sol. Ya casi vamos llegando. ¡ Miren : allá se ve el mar ! - ¡ Qué paisaje, qué colores, qué belleza ! - ¡ Ya yo me quito la sueta, qué calor ! A la derecha, el estero... Del lado de mi ventana, miro el mar. ¡ Hola señor mar ! Silencio. Lo contemplo... Mas, las olas no me quieren saludar. Llegamos a "Las Hamacas ". ¡ Todos fuera ! ¡ A ponerse las chancletas ! ¡ rumbo al mar ! ¡ No quiero comer ! La arena está hierviendo... Ya ya llego. Entro al agua, aquí, en la espuma, despuecito de donde la ola llega a reventar... Movimientos de aguas y de arenas que me insertan en un paisaje animado... Los juegos de mis hermanas, la presencia de mis padres... ¿ Qué edad tengo ? Me aparto y, en el silencio, disfruto a solas mis primeras comuniones con el mar. Pero en muchas ocasiones, el viaje a Puntarenas lo hacíamos en el Ferrocarril al Pacífico, que ahora era eléctrico. Un paseo en tren hacia el Pacífico era una experiencia muy relajante y divertida. La estación del tren estaba ubicada en San José, hacia el sur, cerca del límite con Paso Ancho. En los jardines del edificio había varias máquinas de ferrocarril. Una de ellas, llamada la María Cecilia, sumamente antigua, decían mi abuelo y sus hijos que había sido conducida por mi bisabuelo. La antesala de la estación del tren estaba siempre llena de gentes ansiosas por subir a los vagones y disfrutar del largo paseo de cuatro horas, hasta llegar al Puerto, como se referían las personas a Puntarenas -casi como si se tratase del único Puerto que había en el país. Era necesario comprar los tiquetes en unas ventanillas ubicadas hacia los lados de la antesala, después de hacer una muy larga fila. Una escalera de caracol conducía adonde yo nunca supe, supongo que a las oficinas administrativas, pero había demasiada gente y nunca pude escaparme de los adultos, para investigar aquellas escaleras. Una imagen de tamaño natural de un Jesucristo, estaba colocada cerca del techo, no era un crucificado, sino que estaba de pie y vestido con traje largo, cuyo color realmente no recuerdo. Cuando los empleados del Ferrocarril daban la señal, ya era posible entrar al andén y ubicarse dentro de los vagones, Subíamos las escaleras y recorríamos todos los vagones, buscando sentarnos lo más cerca posible del vagón-soda. Nunca supe para qué, pues no acostumbrábamos comprar comida en el tren. Todas las familias llevaban su merienda para el camino, o también subían señoras que vendían café y alimentos calientes. Recuerdo que vendían unas piezas de pollo grasosas y coloradas, fritas con achiote, pero a nosotras no nos dejaban comer de ese pollo. Sí comprábamos refrescos o cosas empacadas, pero comida caliente no. Las gentes se acomodaban poco a poco en los vagones. Los asientos eran movibles, así que nos colocábamos frente a frente, en grupos de cuatro y tres (porque nosotros éramos siete: mis padres, mis cuatro hermanas y yo). Muchas veces íbamos acompañados de otras personas y, por lo tanto, ocupábamos muchos asientos más. A veces, casi todo el vagón, y era muy divertido. En esos años, yo no tenía consciencia de que mi bisabuelo había sido uno de los Ingenieros que construyeron el Ferrocarril. Nadie lo mencionaba desde esa perspectiva. Talvez los adultos tampoco lo veían así. Lentamente, el tren iniciaba su partida. A mí siempre mis padres me reservaban una ventana, pues tenía problemas de vértigo. Así que observaba lentamente el panorama que desde ahí se veía: lo primero eran caseríos de gente que, en mi opinión de niña de 7, 8 ó 9 años, eran personas muy pobres: las casas eran de madera y las personas salían al corredor a saludar el tren. Nosotros, desde el tren, también respondíamos el saludo. Era algo extraño que aquella gente saludara el tren todo el tiempo, talvez no tenían televisor... Corre-tren-corre-tren-corretren-corre marcha-marcha-marcha-tren Puiiiíh-puuiiihh... Lentamente transcurrían los minutos. El ruido de los carros sobre los rieles llenaba el aire... Casi no se podía ni conversar. Poco a poco, el paisaje urbano marginal era reemplazado por un paisaje verde que parecía moverse, rápidamente y en dirección contraria a la de nosotros. Era el paisaje quien nos dejaba atrás. Conforme avanzábamos y según la época en la que viajáramos, podíamos ver los distintos cultivos en sus etapas. Si era verano, indefectiblemente encontrábamos quemas de terreno por el camino, pues los campesinos acostumbraban limpiar la tierra de maleza, quemándola, para prepararla para las nuevas semillas. El aire se llenaba de un humo oscuro y el paisaje se volvía como vidrioso. Las imágenes se veían bailar entre ese humo... Corre-tren-corre-tren-corretren-corre marcha-marcha-marcha-tren Puiiiíh-puuiiihh... En Orotina el tren se detenía. Y las ventanas eran "ocupadas" por los vendedores ambulantes de marañones, caimitos y otras frutas empacadas en cajas curiosamente elaboradas con madera y clavos. También semillas secas y tostadas de marañón, refrescos, papas tostadas y el pollo rojizo y grasoso que ya antes mencioné. No podía uno bajarse del tren, porque corría el riesgo de que éste retomara el paso y lo dejara a uno perdido...Cuando mucho, nos levantábamos del asiento y nos estirábamos un poco en los pasillos del vagón, o intercambiábamos los asientos. Otra vez y lentamente el tren retomaba su paso. Ibamos identificando cada una de las poblaciones en el camino, o viendo los vagones restantes a la cabeza y a la cola del tren, semejaba un gigante gusano que se arrastrara por la tierra. También nos entreteníamos viendo los postes del Ferrocarril, que ahora era eléctrico... Parecían pasar velozmente, hacia el lado contrario. Pasar por el puente sobre el río Barranca era toda una experiencia, muy angustiante por cierto. Pues sentía uno como que se iba a caer al río , con todo y tren. Las espumas blancas de ese río se veían muy bien, si era invierno. Y en verano se veía un montón de piedras secas, sobre todo si había sequía... Corre-tren-corre-tren-corretren-corre marcha-marcha-marcha-tren Puiiiíh-puuiiihh... Conforme avanzaba la mañana, pues el tren salía de San José a las 6 am, se volvía el día más caliente. Ya despuecito de Barranca, se podía ver el mar en el paisaje, parecía estar como incrustado entre el azul del cielo y los tornos verdes y tierra... Y luego, se sentía la brisa, cuando el tren pasaba frente al mar. Ya habíamos llegado. Ahora sólo era cuestión de caminar hacia el Hotel, o hacia la casa que hubieran contratado mis padres, para hospedarnos... Mi madre, para ese entonces, aún vivía. Ella fue una mujer alta, morena, bonita y de un carácter jovial y alegre. Siempre estaba de muy buen humor y sacaba chistes aún de las situaciones más difíciles. La familia de mi madre estaba formada por sus hermanos Oscar, Arnoldo y Alfredo y su hermana Marlene De Lacroix, así como por su madre, doña Lydia De Lacroix. Ella, mi madre, adoptó el apellido Brenes de su padre, don Miguel. Ana Teresa Castillo y Ricardo DeLacroix fueron los padres de mi abuela materna. Ellos llegaron a Costa Rica, desde Marsella, Francia, a principios del Siglo XX. Curiosamente, don Ricardo era Ingeniero, y, al igual que el bisabuelo Joseph, vino a trabajar en la construcción del Ferrocarril, sólo que en el del Atlántico. Recuerdo de labios de doña Lydia las historias de su familia: su madre murió al nacer Lidya, y ella quedó al cuidado de su abuela Silvia. Hasta los 9 años de edad, Lydia disfrutó de un hogar feliz y estable. Hasta que su padre fue a Colombia para hacerse una operación que no preciso y murió allá. No sé qué fue de la abuela Silvia, pero la pequeña Lidya - que había quedado interna en un Colegio de Monjas en Cartago, pagado por su padre, esperaba que sus dos tías Adeline y Adelaide Delacroix -gemelas- fueran a recogerla para llevarla a Francia. Las tías nunca dieron señal de vida y la niña fue trasladada a la sección de huérfanos del mismo Colegio en Cartago. Lo cierto del caso es que ella creció en ese hospicio y, cuando tenía 13 años, fue entregada a una familia de Cartago, para que trabajara con ellos. Mi abuela creció sola y muy triste y afirmaba que habia visto la sombra de su mamá, como en penumbra que fue a despedirse de ella, cuando se quedó sola, que fue a consolarla porque ella estaba llorando. Después de eso, ella nunca más pudo llorar, aunque se esforzara por hacerlo o el dolor que sintiera fuera muy grande. Mi abuela me contaba que las monjas no fueron buenas con ella y con sus compañeras las dejaban con hambre y, en las noches, ellas se levantaban para ir a la cocina a comerse los recortes de las hostias y la mantequilla. Ella lavaba y planchaba ropa, para ganar su sustento en aquel convento. Tejía y vendía los tejidos a sus compañeras. Pasaron los años y Lydia tuvo sus hijos: Walter, Oscar, Arnoldo, Alfredo, Marinette y Marlene. Marinette fue mi madre. Mi abuela crió a sus hijos trabajando como cocinera en hoteles, tejiendo ajeno y vendiendo cosas que ella hacía, siempre sola y como mujer jefe de hogar. ----------- A propósito de los viajes en Ferrocarril, voy a contar ahora una historia que me contó mi tía Marlene, sobre un viaje que ella y mi madre hicieron, para conocer el mar... -------------------- Es verano del año 2004. Después de mucho tiempo de no pasear con mi familia, estamos en la playa. Mis hermanas, mi sobrino Julio Enrique y mi tía Marlene, hermana de mi madre viajan conmigo. Otra vez observo cómo en azules se funden el cielo y el mar. Sentadas en un tronco en la playa, observando el vaivén de las olas, conversamos y descansamos. Mi tía me cuenta la historia que sigue: " A Mari la invitó una amiga a ir a Puntarenas. " Entonces, a miles costos mami le dio para los pasajes y sanguchitos y todo, llevábamos. Pero al llegar allá no teníamos para pagar hotel, al final nos quedamos en la playa. Vieras vos, ay dios. Y yo como chiquitica que era, le decía: - Ay Mari, yo tengo hambre. - Espérese, voy a ver cómo hago. Yo me acuerdo que me compraba un fresco y un tostel. Nada de almuercito calentico, nada... Ya cuando madrugó, bien bonito se veía todo, ya el amanecer en la playa, y todo. Fuimos a bañarnos y a tomar cafecito con pan, pero nada más. Yo deseando que nos fuéramos, Mari me dijo: bueno, nos vamos en el tren de las 3. Se escarriló y ahi quedamos como 3 horas. Llegamos a la estación y nos fuimos a pie a San Pedro, como a las 3 am. Un grupo de gente. Mami estaba que no hallaba qué hacer. Mami nos tenia comidita, comimos y nos acostamos... Nunca íbamos a Puntarenas, conocimos ahi el mar. viera que bonito... Eso fue en 1946. Yo tenía como 11 años y ella alrededor de 20". Después de contarme esto sobre su infancia, mi tía me cuenta la forma en que mis padres se conocieron... El fútbol, puede decirse desde las últimas décadas del Siglo XX, que tiene una gran influencia en el mundo. Y yo puedo jactarme, junto a mis hermanas, de que vinimos a esta vida, gracias a un partido de fútbol. Un jugador de fútbol y su novia, presentaron a mis padres. Ambos, José Enrique y Marinette, eran aficionados del equipo de Alajuela. Fue en los primeros años de la década de los 50. Los presentó Lidiette, la esposa de Rubén Jiménez. Fue amor a primera vista. Fue en un partido de fútbol del hoy llamado clásico, Alajuela-Saprissa, donde tuvieron su primera cita. Empezaron a conocerse mejor y se enamoraron. Al poco tiempo, lo llevó a que doña Lydia lo conociera y al año siguiente, se casaron. Poco a poco transcurrieron los años y la pareja tuvo cinco hijas: Patricia, Marinette, Grettel, Lucrecia y Hannia. Voy a tomar los mejores colores y sonidos de mis fantasías infantiles para evocar su recuerdo. Se tejieron -como sutiles hilos- lindas vivencias que nos fue dado compartir. Y con esas vivencias y con esos recuerdos se escribió para mí, la parte de esa historia que ya escogí.. He aquí algunos recuerdos de aquellos gratos años que he recogido de los más tibios y acogedores rincones de mi niñez. La mía fue una infancia en la que prevalecieron el amor de mis padres, la compañía de mis hermanas, los libros... y los transformadores. Conservo en mi casa con mucho cariño aquellos mágicos libros en los que me asomé por primera vez al mundo. Con fotos e ilustraciones en colores. dibujos, versos, cuentos, leyendas... toda la magia de la historia del mundo, del hombre y sus culturas, que alimentaron mi espíritu y mis sueños durante la infancia feliz. Al abrigo del fruto del trabajo y de la calidez del amor de mis padres..... ¿ Y los transformadores ? Pero: ¿ Qué es un transformador ? Un transformador es un dispositivo que sirve para disminuir o aumentar el voltaje según se necesite... Esa definición está subrayada en el diccionario enciclopédico Quillet, que había en nuestra casa. Fue mi padre quien la subrayó. Cuando alguna de nosotras, en las vacaciones escolares, trabajó con él, nos enseñó algunas de las cosas que sabía sobre transformadores, pero todas decidimos dedicarnos a otra cosa... Desde muy joven, él se dedicó a trabajar en asuntos relacionados con la electricidad. Su padre, don Enrique, trabajaba también en esa rama, en el Almacén Koberg que era uno de los más importantes de la época, en cuanto a electricidad y artefactos eléctricos se refiere. Rodolfo, hermano de mi padre, me contó que: "Entre las cosas que yo recuerdo estaba él muchacho, joven, de unos 15 años talvez, cuando empezó a trabajar con Mario del Valle en un negocio que tenía diagonal a la Iglesia de La Soledad. Ahí fue cuando él entiendo que empezó ya a ver transformadores, no a trabajar en forma. Después se independizó y puso el taller en Tibás, del cruce de Colima y Llorente 50 metros al norte. Ahí era donde vivíamos nosotros, la familia. Eso debe haber sido antes del 48, talvez en el 45. Ahí trabajó durante muchos años. Después el Taller lo movilizó a varias partes. Después se casó con Marinette. Se casó y se llevó el Taller a otro lugar allá por la Escuela de Tibás, por la Miguel Obregón Lizano. También estuvo en San José, que recuerde yo en dos lugares: uno donde está la Caja de Ande, otro frente a la parada de autobuses de Tibás. Ahí tuvo también negocio de venta de radios, que le dieron una concesión creo que fue Koberg. Y él vendía los curvitos famosos y otros radios (un radiecito pequeño que era curvo, por eso le llaman curvitos, muy lindos y muy buenos)". Tengo guardada la placa negra con letras plateadas. Está sobre una mesa de la cocina de mi casa: H O R A R I O (Triangulo) 8 a 12 y 2 a 6 (triangulo) S A B A D O S 8 a 12 La guardo con mucho cariño. Es lo único que quedó de TRANSFORMADORES HOFFMANN. Esa era la placa que mi padre tuvo en el último sitio donde estuvo su Taller. Residencial El Bosque, casa N. 417. Tel. 227-7671. Esa placa testimonia la forma en que estructuraba su tiempo mi padre, don José Hoffmann. El era un hombre muy trabajador y con un gran sentido de responsabilidad. Del fruto de su trabajo obtuvo los recursos para criar y dar educación a cinco hijas. Siempre nos dijo que una buena formación era la mejor herencia que un padre podía dejar a sus hijos. Recuerdo muy bien el primer Taller que yo conocí. Estaba en Tibás. En la casa de dos pisos que él diseñó y mandó construir. Tenia un rótulo de Neón que decía: T R A N S F O R M A D O R E S H O F F M A N N Arrollados, solenoides, electroimanes, relays. etc. Tel 22-1498 Yo no sabía lo que era ninguna de esas cosas que me daban el sustento a mí y a mi familia. Después lo averigüé... Diferentes empresas y medios de comunicación llegaban al Taller a comprar y a ordenar que él diseñara transformadores para sus necesidades. Los había de todos tamaños. Requerían un proceso muy elaborado y delicado para ser producidos. Y mi padre supervisaba cuidadosamente cada detalle. La casa era de dos pisos y toda la planta baja estaba dedicada al Taller. En ese tiempo mi padre trabajaba desde las 6 ó 7 de la mañana, hasta tarde en la noche. Como yo era tan pequeña, nunca me cuestioné de dónde salian los bienes materiales que disfrutaba. En mis años de infancia tuve una gran estabilidad material. Fui una niña feliz. Pero nunca me percaté, ni tenía por que hacerlo, del gran esfuerzo que debieron hacer mi padre y mi madre para darnos tanta seguridad a mis hermanas y a mí.... En las lluviosas tardes de invierno, en el viejo Tibás, yo permanecía durante largas horas leyendo " mis" enciclopedias. Segura, en un tibio ambiente, con una refrigeradora llena de alimentos que podía tomar a mi antojo: agua potable, electricidad, buena ropa, televisión, música en mis discos de acetato y... hasta un play ground en el patio, que disfrutaba en las mañanas o tardes soleadas. Y, claro, también muchos juguetes. Aunque tuve cuatro hermanas, no sé exactamente por qué razón la mayor parte de mis juegos los hacía sola. Hoy, en mi edad adulta, con una vida llena de realizaciones, y con mis padres ausentes, ha nacido en mí la inquietud de escribir acerca de mi vida. para dejar plasmado el recuerdo de mis padres y mi sincera gratitud por su aporte benéfico, su amor, su esfuerzo y su dedicación. Ambos cumplieron con un trabajo, una misión que tomaron en serio: ser padres, traer hijos al mundo y educarlos. La mía fue una infancia feliz... Nací... o más bien, nacimos un dia 4 de octubre del año 1962. Sí, en el siglo, o más bien, en el milenio pasado. En la maternidad Carit, en un parto difícil. Eramos las menores de cinco niñas. Crecí... los primeros años de mi vida sé que transcurrieron en una finca de San Miguel de Santo Domingo de Heredia. No tengo más que un sólo recuerdo de ese lugar: un portón abriéndose a nuestra llegada en un carro antiguo -moderno en aquel entonces- amarillo con blanco. Nos recibía la sombra de dos hileras de árboles. Eso es todo lo que recuerdo. De ahí nos fuimos a San Juan de Tibás, donde pasé los mejores años. Mi padre era el dueño de una propiedad en la que había dos casas construidas y ya había iniciado la construcción de otra, de dos pisos, que estaría destinada a albergar el Taller que antes mencioné, en el cual produjo durante años los transformadores para muchas industrias y empresas de Costa Rica y de Centro y Suramérica. El era un especialista muy cotizado en materia de transformadores. Los clientes llegaban a buscarlo desde México, Centro y Suramérica. A veces, en la madrugada, lo despertaban para que reparara el transformador de algún barco que estaba en un puerto sin poder continuar su viaje. Y él lo ponia a caminar de nuevo. No había nadie que hiciera esos trabajos como él. De hecho, no había nadie más quien los hiciera con tan buena calidad. Se decía que un transformador de los que él hacía era para toda la vida. La casa en la que vivíamos estaba del lado izquierdo de esta construcción, después de otra casa, que también mi padre le alquilaba a la familia Quirós Luna. Recuerdo esto muy bien, pues siempre me pareció divertido y curioso que tuvieran el nombre de la luna como apellido. En esa casa blanca celebré mis primeras navidades. Tengo tenues recuerdos, pero fueron buenos tiempos. La cena a las 9 pm, o fiesta en casa de los abuelos. Se iban a dejar los regalos en las camas, no nos dábamos cuenta y sí creíamos que existía el niño Dios. Nosotras nos lo imaginábamos haciendo un hueco en el techo, que después cerraba. Nos servían Cinzano con la cena, sólo en ese día. Uvas, manzanas , frutas secas, tamales, pierna de cerdo asada o lomito relleno, frijoles molidos, papas tostadas. Y escuchábamos música. En esos años se asociaba la Navidad con las uvas, las manzanas, las peras y las frutas secas como nueces y avellanas. El comercio adornaba sus ventanas a principios de dic¡embre, la avenida central se convertía en un Boulevard. Y, por las noches, la familia completa iba a la Avenida a caminar y a tirar confeti. El confeti es un montón de papelitos que imita la nieve, porque este es un país tropical. En nuestra casa no se hacía árbol de Navidad, sino que poníamos el tradicional portal, con unas figuras muy grandes. Por tradición familiar se adornaba con lana y otros accesorios que comprábamos en San José. Sobre el pesebre se colocaba una estrella, que simbolizaba la estrella de Belén. En realidad yo no era consciente del verdadero significado de aquella celebración, pero sí me divertía mucho. El 25 de diciembre nos levantábamos a ver los regalos. Jugábamos toda la mañana y, luego, nos íbamos a visitar primero la casa de los abuelos Enrique e Isabel y luego la de la abuela Lidya. Patricia, mi hermana mayor, cuenta al respecto: "Familia grande... grandes momentos. Así recuerdo la noche del 24 de diciembre, rodeada de tías, tíos, primas, primos, abuelo, abuela y por supuesto hermanas, mamá y papá. Soy la # 4 en una familia de 42 primos y primas actualmente, sin embargo, me voy a remontar unos 36 años atrás, cuando éramos menos cantidad y ninguna (o) de nosotros (as) llegaba a la adolescencia todavía. En la sala de la casa se colocaba el portal y el árbol y debajo de éste una enorme cantidad de regalos. De cada núcleo familiar había uno para cada persona. En mi casa envolvíamos los que se le darían a cada familiar y como éramos tantos, un año a papá se le olvidaron dos de mis primos y tuvo que dárselos varios días después, con la consiguiente desilusión de ellos. La diversión empezaba cuando aparecía colacho con su enorme barriga y su larga barba blanca, ese honor recaía casi siempre en mi tío Rodolfo o mi papá, nos acomodábamos en el piso y recibíamos con emoción cada regalo, supongo que había cena pero para cada chiquillo y chiquilla de la familia la cena no era importante ante tanto regalo. Fuimos creciendo en edad y en cantidad y las cenas del 24 se convirtieron en almuerzos el 25 y los regalos se disminuyeron, pero no la alegría de vernos y compartir como familia. La noche del 31 de diciembre, para mis hermanas Grettel y Marinette - y para mí- al inicio de la adolescencia, era muy linda. Teníamos una "barra" de amigas y amigos muy especial. Ese día, papá compraba comida, bebidas y bocadillos, mamá hacía la respectiva preparación y toda la "barra" caía en la casa, teníamos mucha música popular y nos encantaba bailar o sea, la "armábamos"como se dice popularmente, comida y baile hasta un poquito antes de las 12, pues teníamos entre 14 y 18 años y cada persona debía pasar la medianoche con su respectiva familia, pero después de las 12 algunos volvían y seguía la pachanga. Como a las tres se iban de nuevo, pero algunas mujeres se quedaban a dormir en mi casa y como a las 5 am los varones nos daban serenata, no cantaban mal, varios de ellos pertenecían al famoso coro del Liceo Mauro Fernández. Fueron lindos años donde compartimos mucho, se acabaron pero dejaron recuerdos maravillosos e imborrables". Recuerdo muy bien a ese grupo de amigos de mis hermanas mayores: Betzaida Acuña, Melvin, Checho y Checha que eran dos hermanos, Ramón "Moncho", Ronital Vega, Cecilia la China, Patricia Campos, Patricia Matamoros, Julia, Pegui, Astrid , Gerardo "Gash", Alberto "Vene"... Dejamos de saber de ellos cuando nos fuimos de Tibás, en el año 1974. Me pregunto qué habrá sido de ellos, después de tanto tiempo... Así, en el tiempo, vamos dejando atrás grupos de seres que de una u otra forma influyeron en nuestro destino. Compañeros de estudio, compañeros de trabajo, amigos o familiares. Todos recorrimos un camino pleno de experiencias compartidas con muchas, pero muchas personas. Por eso la comunicación interpersonal es algo tan delicado y debe dársele tanta importancia. Es bueno que aquellos con quienes hemos compartido parte de nuestro tiempo, se lleven gratos recuerdos de nosotros. En nuestra infancia, mi mamá guardaba en su closet un abrigo blanco de piel y todos sus collares, zapatos y vestidos. Nosotras jugábamos usándolos cuando ella no nos veía. Y como el cuarto de mis padres poseía un tocador con un espejo redondo, también lo usábamos para nuestros juegos. Con todos los amiguitos y amiguitas del barrio, montábamos teatros y juegos que duraban horas. Una vez, hicimos un escenario cuyo suelo estaba cubierto de pétalos de flores. Los juegos infantiles de esos tiempos eran muy creativos y contribuían mucho al proceso de socialización de los niños. Mientras duró la construcción del edificio que estaba destinado a albergar la empresa de mi papá, nosotras íbamos y ayudábamos en lo que podíamos, o jugábamos a ayudar. Nos hicimos muy amigas de uno de los trabajadores, primo segundo de mi padre, que se llamaba Socorro Venegas. Como él se encargaba de encalar las columnas de la construcción, le pusimos el sobrenombre de " socorrillo pintayuca". Y así se quedó para los años posteriores, cuando lo íbamos a visitar a la finca de su familia en Turrúcares de Alajuela. Pasabamos por ahí después de ir al Laguito Phillips o Cebadilla, que era un balneario propiedad de los padres de un amigo de mi padre llamado Nilo Phillips. Me parecía gracioso su nombre de río egipcio. _____________ Mi madre fue una mujer sabia y amena. Ella nos dio grandes lecciones con su forma de actuar. Junto a mi padre, nos enseñó a conocer el mundo de colores,aromas y sabores. Mundo de sensaciones, que fuimos asumiendo, poco a poco, en el transcurso del tiempo, mis hermanas y yo. "Acuérdate de Acapulco de aquellas noches María boonita María del aaalma..." "Dos gardenias para tí..." Canciones clásicas. Mis padres las cantaban en fiestas. A mis padres les entusiasmaban. Pienso que los años quedaron como atrapados en todas esas canciones, que entonábamos en los paseos. Y hoy, aquí, con este lapicero, los estoy liberando para compartirlos con quienes lean este libro. "En un Bosque de la China una china se perdió..." Todos cantábamos en el camino hacia Cebadilla, mientras mi padre conducía el carro. "Como yo estaba perdido nos encontramos los dos. Era de noochee y la chinita tenía miedo, miedo tenía de andar soolitaa.." Los potreros desfilaban, presuntuosos, frente a las ventanas del carro. Y nosotros, cantábamos: "Anduvo un rato y se sentó. Junto a la China, junto a la China me senté yo..." Cebadilla era un balneario que tenía unas piscinas que me parecían algo extrañas. Su fondo era de piedras. Era como una especie de laguito. Había un tronco de árbol que semejaba una mujer dormida. Así que los propietarios, aprovechando esta semejanza, pintaron el tronco con un vestido de baño de mujer y adornaba la orilla de una de las piscinas. Nadábamos y jugábamos entre nosotras y con los adultos que nos acompañaban. Mi abuelo Enrique siempre se empeñó en enseñarnos a nadar. Ahí, en el mar, o en cualquier otro balneario que visitáramos. Recuerdo que me sostenía con una mano y, un día, sin que yo me diera cuenta, me soltó y ya estaba nadando. El era, como ya dije, un atleta, así que disfrutaba mucho cualquier deporte. Y compartía ese gusto con sus nietos. Después de varias horas de jugar y nadar, nos dedicábamos a disfrutar del almuerzo, juntos. Conversaciones y juegos... Luego, alguna caminata para ver la naciente del agua. Realmente recuerdo con mucho cariño esos paseos. De regreso, por la tarde, pasábamos a visitar a los Venegas- Socorro y doña Nina, a la finca de Turrúcares. ¡ Me encantaba ese sitio ! Había en él muchos árboles y siempre éramos recibidos con cordialidad. No podía yo imaginar la importancia que ese lugar, Turrúcares, había tenido en la infancia de mi abuelito y en la de mi papá. ¡ Qué delicias de maíz saboreábamos ahí ! Los recuerdos me evocan esa sensación de seguridad que rodeó mi infancia, de la cual yo, en ese tiempo, no era consciente. Luego, pasábamos dejando a los abuelos Enrique e Isabel a su casa, la casa amarilla de Tibás. Y, nosotras, dormidas en el carro. Recuerdo, entre el sueño, escuchar a mi madre decir que traería una cobija. Y nos llevaban alzadas hasta la cama. Es una bendición para los seres humanos el poder evocar con tanta precisión los recuerdos, no importa qué tan distantes en el tiempo estén los acontecimientos que los originan. "Bajo el cielo de la China la chinita suspiró y la luna en ese instante indiscreta la besó. Pasó una nube, la oscureció. Como la luna, como la luna la besé yo." Las luces de la casa se apagaban, después de que nuestros padres nos dejaban durmiendo, tranquilas y seguras, en nuestras camas. --------------------------- " Te ruego Angel de mi guarda... Te ruego ángel de mi guarda... Que desciendas a mi alcoba... Que desciendas a mi alcoba... Porque tienen las muñecas... Porque tienen las muñecas... Mucho miedo de estar solas... Mucho miedo de estar solas..." Mi madre me enseñó ese poema cuando yo aún no había cumplido los 6 años de edad. Ella decía los versos en voz alta, para que yo pudiera, repitiéndolos, memorizar el poema, pues aún no había aprendido a leer, por mi corta edad. Me enseñó así muchos otros poemas. Lo hacía para que yo me presentara en actividades de la familia. Ella decía que le gustaba mi voz, para declamar. Sin percatarse, me introdujo en el mundo de la poesía, en el que me quedé para siempre. Ella y mi abuela Lydia siempre conversaban sobre poesía y sobre música. Y, durante horas, se sentaban a escuchar valses y música clásica. Acostumbraban hablar sobre sus autores favoritos. Fueron ellas quienes me enseñaron el gusto por el arte y el respeto por los artistas. Mi padre era radioaficionado, su clave internacional era TIHOFF y en las conversaciones con otros radioficionados, siempre intercambiábamos canciones y poemas. El había comprado una colección de música clásica " La música más hermosa del mundo". Escuchar continuamente esa música impresionó mi espíritu para siempre. --------- El del año 1973, fue el último día de la madre que celebramos juntos. Mi madre dejó este mundo en febrero de 1974. Su ausencia despertó en mí la inquietud por escribir, para aliviar mi tristeza. Y mis primeros poemas fueron para ella. Los años continuaron pasando. Lucrecia y yo entramos en el período difícil de la adolescencia. ------------- Unas líneas pronunciadas se dibujaban sobre la faz de la blanca, enorme y redonda luna que iluminaba aquella noche la playa de Tivives. Nuestro padre asumió el rol de padre y madre, con todos los recursos que la vida puso a su alcance... Y todos los veranos y todas las Semanas Santas, nos llevaba de vacaciones a la playa de Tivives. Recuerdo la primera vez que fuimos, cómo el mar apareció a nuestros pies, tras el último recoveco del camino. Parecía haber sido dibujado majestuosamente por una diestra y misteriosa mano. Brillaba su superficie como si estuviera hecha de plata. Todo el paisaje era azul. Azul intenso, premonitorio de los felices días que ahí íbamos a disfrutar. Llegar a la llamada Casa Comunal, pues todavía no habíamos comprado el lote. Ponerse las sandalias y el traje de baño. Y luego, al mar... El mar amigo fiel y perenne de nuestra familia. El Oceano Pacífico que recibió en sus aguas los cuerpos jóvenes de mi padre y mi madre, y los de mis abuelos, para recrearlos. El mar que había sido el consuelo de las horas de soledad de mi bisabuela María. El mar al que mis padres habían arrojado -como era costumbre en aquellos tiempos- el ombligo y una fotografía de cada una de nosotras, para protegernos de... realmente no sé de qué, pero era ese un ritual que se practicaba por aquel tiempo. En mi adolescencia, durante las vacaciones en Tivives, yo permanecía por horas sólo mirando el mar. Siempre me ha evocado lo espiritual. El mar me fascina. Adoro ver cómo se transforma con los cambios de luz, a lo largo del día... y por la noche. Me recuerda cómo, también, con los años, se transforma la vida. Mi padre y mi abuelo Enrique construyeron una casita sobre el lote que mi padre compró en Tivives, frente al mar. Tenía cuatro camarotes y un área para cocina. Una ducha, servicio sanitario... y el mar enfrente. Una bomba servía para extrar agua de pozo. No había electricidad ni agua potable. Mi padre amaba ese lugar y nos contagió de ese amor. Cada quien debía bombear manualmente el agua que necesitaba para bañarse. Era muy divertido y muy saludable. Caminábamos por la playa, nadábamos, descansábamos juntos. Yo me sentaba a ver el mar o a leer... a escuchar el rumor de las olas y el viento. A veces nos acompañaban los abuelos, algunos primos, algunos tíos... Macho, Javier, Isa, Jeannette, Freddy, Lizette, Kathia, Heidy, Fanny, Randal, Róger, Xini, Maruja, Aura, Elia, Carlos, Jorge...Otras familias como los Barahona Valverde, la del Doctor Céspedes, los Bákit. Descansábamos y compartíamos. Y, por la noche, hacíamos una fogata en la playa, para contar estrellas fugaces y observar las misteriosas líneas qye manchaban el rostro de la enorme luna blanca que iluminaba la hermosa playa de Tivives... -------------------- Y los años continuaron pasando. La familia Hoffmann se reunía para Navidad, para el día del Padre o de la Madre, o para alguna celebración casual. Las fiestas siempre fueron muy alegres. Los primos se fueron casando y tuvieron sus propios hijos. Nació mi sobrino Julio Enrique. Hacía mucho tiempo que los abuelos se habían trasladado de Tibás a Santa Ana, pues el clima de ese lugar beneficiaba la salud de mi abuela. La última fiesta que recuerdo en la que estaban mis abuelos vivos, fue un Día de la Madre en mi casa, a principios de los 80, en San Francisco de Dos Ríos. Una cimarrona amenizó la reunión, todos bailamos y reafirmamos una vez más la unión familiar. Transcurrió la década de los 80. En los 90, mis abuelos partieron. Primero Isabel y seis meses después, Enrique. En el funeral de mi abuela hubo un aguacero tan grande que en la Iglesia casi no se podía escuchar la voz del sacerdote. Mi padre estaba sentado junto a mí y sé que hizo un gran esfuerzo para no dejar ver su dolor. El tenía la costumbre de telefonear a sus padres diariamente. Y les visitaba para llevarles algún presente, generalmente algo de comer o beber. Después de que se fueron los abuelos, la familia siguió haciendo sus actividades. Pero se sentía mucho su ausencia. Ahora continuaron naciendo los bisnietos de mis abuelos. La familia llegó a ser tan grande que no sé exactamente cuántos somos ahora, Llegó el cambio de milenio. Mis hermanas y mi padre lo recibieron en un Hotel de Playa, junto al mar, en Puntarenas. El teléfono nos mantuvo juntos en esa importante ocasión. Mi padre sólo vio algunos meses del nuevo milenio, pues falleció el 31 de julio del año 2000. Unos días antes de su partida, talvez dos semanas, lo encontré en San José, Iba caminando con su bastón por la acera del Teatro Nacional. Su cabello era todo blanco. Iba caminando, yo traté de alcanzarlo. Aunque corrí, cuando me dí cuenta ya no estaba. Esa fue la última vez que lo ví. En el momento de su transición, mis hermanas estaban muy tristes. Así que hice lo que mejor que sé hacer y escribí-para consolarlas- el siguiente texto, que ilustra el supuesto encuentro de las dos almas de mis padres. PARA SIEMPRE . - ¡ No, no y no ! ¡ Te digo que no se le pueden robar los secretos al misterio ! - Te equivocas, querida. No se le deben, pero sí se le pueden robar. ¡ Vieras que sí ! - ¿ Tú crees ? ¿ Lo crees así ? - ¡ Claro que sí ! Yo lo he hecho varias veces y no hay castigo. Lo de la prohibición, tan sólo se refiere a algunos temas. Pero no a todos. _ ¡ Ven ! ¡ Vamos ! Despliega tus alas blancas, paloma amiga, y sígueme en el vuelo. - ¿ Adónde vamos ? - ¿ Adónde crees, querida ? ¡ Al paraíso ! Por supuesto: volamos hacia el paraíso. Observa. El espacio es luminoso. En las ondas del agua se reflejan destellos de un amarillo sol. El entorno se desvanece, ahora. Y volamos entre un silencio azul. Se escucha en el aire el dulce canto de una voz femenina. Es un ángel. Le acompaña una orquesta sinfónica. Están ubicados, precisamente, en la entrada del cielo: ahí dan la bienvenida a los recién llegados. Esa música es bella: interiorízala. Es la antesala al cielo ¿ sabes ? siempre lo ha sido: la música, el arte y la belleza, como el amor, son el camino seguro para acercarse a Dios. _ ¿ A Dios ? ¡ Haz dicho Dios ! Y esas, querida, son palabras mayores. - ¡ Por supuesto que a Dios ! ¿ O qué esperabas ? Este es el Paraíso. Y, por si se te olvida, he de recordarte que es el hogar de Dios. - ¡ Ah no ! ¡ Ya a tanto no me atrevo ! ¿ Tú pretendes que yo, una humilde paloma blanca, entre al cielo de contrabando y se atreva a buscar la presencia de Dios ? ¡ Pues no ! A tanto no me atrevo, ¡ No y no ! - ¡ Mira que eres bien tímida ! Entonces busquemos entre las almas de los recién llegados y de aquellos que les esperan... Busquemos un reencuentro. En un rincón azul... el más azul, intenso y luminoso. Las almas ¿ sabes ? ¡ haz de saberlo ! , las almas son eternas. Y se acompañan eternamente en los caminos de la vida o la muerte. Esas dos almas, ¿ las miras ? que se acercan, ahora en este mismo instante, son las de dos que juntos hicieron una vida. Fueron, dieron, vivieron, construyeron. Amaron, procrearon... hicieron un camino y su semilla dio frutos buenos. La vida, el tiempo, les habían separado. Hoy se reencuentran. Vuelven a juntarse. Retoman el camino. Aquí, en este sitio bello, se unen tal como lo hicieran allá en la Tierra. Mira cómo el azul entorno se vuelve aún más intenso. Aquí es el Paraíso. Y este, amiga querida, es otro ciclo de amor que se completa... para la vida eterna. --------- En el año 2001 me di a la tarea de recopilar la información para escribir este libro. Lucrecia- mi hermana gemela- me acompañó al Archivo Nacional para buscar los datos históricos pertinentes. Patricia, mi hermana mayor, me acompañó y me asistió en las entrevistas a los miembros de la familia. María Isabel Hoffmann, Rodolfo Hoffmann, Deyma Mora, Hilda Ulloa, Franz Ulloa, Rosario Chaverri, Herbert Ulloa, Arnoldo Hoffmann, María de los Angeles Hoffmann, Mario Hoffmann, Walter Hoffmann, Ilse Hoffmann, Helvin Hoffmann, Luis Calvo, Marlene De lacroix, Xinia Avalos, Roger Avalos, Omar Avalos y muchas otras personas me facilitaron algunos de los datos para mi trabajo. Otros, los saqué de mis propios recuerdos. En Internet, cinco páginas con datos de Alemania, complementaron la investigación. He caminado en el tiempo mucho más de 100 años, y tuve que entrar en la cultura costarricense de antaño y también un poco en la cultura alemana, para hacer este texto. No he mencionado en él a todos los miembros de la familia, pues eso volvería el trabajo interminable. Habrá algunas historias que tampoco he incluido. Pero la incógnita sobre nuestras raíces sí la he despejado. Y también ilustré el aporte que al país hicieron un inmigrante alemán, su esposa costarricense y sus descendientes: ahora costarricenses con profundo arraigo en esta Patria. --------- Corre-tren-corre-tren-corre Marcha-marcha-marcha-tren * San Antonio de Belén, a la una de la tarde del día once de diciembre de mil novecientos siete. - Presente en este despacho un testigo en la presente información, fue impuesto en las penas del perjurio en materia criminal y juramentado en forma dijo que se llama Braulio Chaverri Zumbado, mayor de edad, casado, agricultor y de este vecindario, que nació en este cantón y que vive en su casa propia, que no sabe le comprendan las generales de ley con las partes de este asunto, ni tiene interés en él. Examinado que fue para que diga lo que sepa sobre la enfermedad y conocimiento que tuviera de don José Vismark, contestó : Que ayer venía el declarante de "Sebadilla" y, cuando llegó en tren local a Turrúcares, vio que llegó allí don José Vismark a tomar el tren, quien venía bastante enfermo, y en esa virtud le dio la mano y notó que dicho señor Vismark venía grave y casi no hablaba. Que de Ciruelas hasta San Antonio no supo más, hasta que, después que el tren paró, pocos momentos después supo que ese señor acababa de fallecer. Que en esa virtud ayudó a apear el cadáver del tren para dejarlo en un local de este cantón. Leída que le fue su declaración, en ella se ratifica y firma. José Murillo. Braulio Chaverri * Transcripción literal del documento del Archivo Nacional de Costa Rica, se respeta la ortografía de la fuente. El último pensamiento de Joseph en aquel vagón de tren, fue para su esposa y sus hijos. Se espíritu se llenó de paz y armonía. Partió de este mundo dejando buenos frutos: su trabajo y su familia. Frutos que endulzaron el momento de su transición hacia la vida eterna. Sobre Rieles - Capítulo I - Capítulo II - Capítulo III - Capítulo IV
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Hannia Hoffmann nació en octubre de 1962 en San José, Costa Rica, América Central en el seno de la familia Hoffmann Brenes. Estudió en el Colegio Superior de Señoritas y posteriormente estudió Ciencias de la Comunicación Colectiva y ejerció como periodista. Se especializó en lingüística y publicidad en la Universidad de Costa Rica en donde obtuvo su licenciatura. Trabaja como productora de cine, video audio e impreso y brinda asesoría en comunicación y producción como empresaria independiente. Dirige el Taller Literario que lleva su nombre y es co fundadora de la Fundación Intercultural del Centro de Comunicación. Como educadora dirige la Escuela de Diseño Publicitario de la Universidad Fidélitas e imparte otros cursos de su especialidad en Universidad Latina de Costa Rica Ulatina, Universidad Internacional de las Américas y en la Universidad de las Ciencias y el Arte Unica. Es bisnieta de la señora María Venegas.
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