Taller Literario Hannia Hoffmann
Eric Fco Díaz PRODUCE

lectorías


Sobrerieles
La familia Hoffmann en Costa Rica.

CAPITULO III: Souvenir...

( la historia de la segunda generación)

Soy un Universo...Mi propio universo.
Gentiles y dulces viven en mis sueños
los bellos recuerdos de todos aquellos
que albergo a mi antojo:
quienes compartieron conmigo la vida,
en el tiempo exacto que correspondió.

Música sinfónica o una Cimarrona.
Payasos y duendes que bailan y ríen.
En fiesta perenne conservo a los míos.
Sus voces evoco. Por que no se marchen
jamás del recuerdo, preservo en mi mente
montañas, paisajes, discretos recuerdos de playa o de mar.

Aquellos lugares donde alguna tarde
estuve con ellos respirando el aire,
sintiendo las tenues caricias del Sol.
Hablando de temas no muy importantes.
Tomando un refresco, charlando, viviendo:
disfrutando el tiempo que correspondió.

Sólo los recuerdo. Respeto su eterno, sagrado silencio.
Disfruto mi tiempo, porque yo estoy viva.
En cálidos sitios de mi fantasía
custodio tesoros de mi antigua vida:
recuerdos amables de seres amados
que estarán conmigo en tanto yo viva.

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Aquella navidad de 1907, María y los niños la pasaron en la casa de sus padres y abuelos, don Froylano y doña María. Ambos, de pura cepa campesina, eran amables y tiernos con su hija y nietos. Las tías Claudia y Filadelfa, así como también el tío José, colmaron de atenciones y regalos a su hermana y sobrinos. Pero el silencio evidenciaba la tristeza. Pues en esa celebración, durante los seis años a partir del 1900, fecha en la que Joseph y María se habían casado, la presencia de éste había sido siempre de mucho agrado para todos. El y don Froylano conversaban animadamente y hasta, algunas veces, Joseph bailó alguna polca, pasacalle ó vals con las mujeres de la familia.

La tristeza por la ausencia de Joseph era evidente en los cuatro.

La tradicional cena Navideña incluía tamales, un chompipe horneado, puré de papas y, para postre, arroz con leche.

Don Froylano siempre obsequiaba a sus hijos, yernos y nueras con cognac y rompope que preparaba su esposa....Los niños también tomaban rompope, pero sin licor, sino que con canela, vainilla y clavo de olor.

En la sala de la casa, el tradicional portal Navideño - igual que todos los años- recordaba a todos el motivo de aquella celebración. Las figuras eran grandes, pintadas a mano: San José, La Virgen María, el pesebre con el niño y los pastores, ovejas, espejos semejando lagos con patos, peces. Todo el portal estaba adornado con lana que José y don Froylano traían, cada año, de la montaña.

Los niños recibieron sus regalos de parte de sus abuelos, tío y tías, lo mismo que de su madre. Y juntos, elevaron una oración por el alma de Joseph.

A las 11 de la noche, los niños quedaron en la casa de sus abuelos, al cuidado de la tía Filadelfa y su esposo, en tanto los demás adultos salieron para la Iglesia de San Antonio de Belén, a oír la Misa de Gallo.

Esa era la Iglesia en la que María y Joseph habían estado cerca por primera vez y en la que se casaron.

Cuando ellos entraron a la Iglesia, el coro estaba cantando villancicos. Salieron tarde de la casa, así que llegaron cuando ya la misa había terminado.

Todos se unieron al canto:

Noche de Paz. Noche de amor.
Todo duerme en derredor...
Sólo velan cuidando la faz
de su niño en angelical paz
José y María en Beleén
José y Maríia en Beléeeeen...

Un tren especial les llevó de regreso a la finca de don Froylano, en San Rafael de Ojo de Agua. A través de las ventanas, en el vagón, los recuerdos se escondían entre la oscura noche y llegaban hasta María

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En aquella fiesta de cambio de siglo de 1899 a 1900, Joseph estaba entre los invitados a la casa de don Froylano. Ya él y María eran novios.

Era casi un hecho que pronto serían marido y mujer. Así que, estuvieron muy juntos en la fiesta y en la cena.

Don Froylano escudriñaba cada gesto y cada frase de su futuro yerno, para saber más acerca de él. Quería estar muy seguro de que depositaba en buenas manos el futuro de su amada hija.

Un grupo musical amenizó la fiesta y Joseph, aquella noche, bailó con cada una de las hermanas de María y también con su futura suegra.

Comieron tamales que habían sido preparados en familia. Y, tras la cena, Joseph y María caminaron un poco en el jardín de la casa. La luz de las estrellas iluminó sus instantes juntos. Era el cambio de siglo... Joseph mostró a María las tarjetas de felicitación que había recibido de su familia, enviadas mucho tiempo antes, a fin de que pudiesen estar en sus manos para el momento preciso. Había euforia por la entrada a un nuevo tiempo, al siglo XX. Juntos, vieron una estrella fugaz. Y le pidieron que hiciera posible su sueño de casarse y formar una familia, su sueño de estar juntos. Y, aunque su deseo fue cumplido, sólo estuvieron juntos por siete años...

María suspiró y salió de sus recuerdos, en aquel vagón que le llevaba de regreso a la casa de su padre. Y continuó su camino...

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Pasaron los años de infancia de los tres niños, al abrigo de su madre y con la figura del abuelo Froylano y la Abuela María, formándoles el carácter y enseñándoles el camino de la vida....

Navidades, Semana Santa, trabajo en la finca... Los años pasaron. Pasaron muchos años... y los niños crecieron.

Cuando cumplió sus 15 años, Enrique consiguió trabajo como mensajero en el Correo, en San José.

Luz y Ana se convirtieron en jóvenes muy bellas, aunque con un carácter muy fuerte, la primera y algo taciturna, la segunda.

Al poco tiempo de terminar con su trabajo en el correo, Enrique comenzó a trabajar con don Max Koberg, en el Almacén Koberg. Era este un Almacén que estaba en el centro de San José. Enrique trabajaría ahí toda su vida y ahí haría una carrera en el campo de la Electricidad. Era el Jefe de Técnicos en el Departamento de Radio. Don Max fue casi como un padre para él, así que Enrique llegó a tener mucho aprecio por la empresa.

Los años continuaron pasando... Y sucedió lo que tenía que suceder en estos casos: cada uno encontró su propia vida.

Luz se casó con José Joaquín Ulloa Cortés y tuvieron los hijos que mencioné en el Capítulo 1 de este texto.

Anita se casó y tuvo una hija, Rosa Araya, pero no conozco el nombre de su esposo.

Y don Enrique, mi abuelo, se enamoró de Chabel, mi abuela.

Ella era la mayor de ocho hermanos. Vivía con sus padres en Santo Domingo de Heredia, que es una población fundada por frailes Dominicos. Según la Biblioteca Virtual lectorias.com, le dieron este nombre porque Santo Domingo de Guzmán fue el predicador español que fundó la orden de los curas dominicos.

La Iglesia frente al parque y su Basílica frente a la plaza, caracterizan a esta población, que en aquellos días tenía una pintoresca arquitectura de casas de adobes con techo de tejas.

Enrique y Chabel se casaron en esa Iglesia. Su hija María de los Angeles ( Marlene) cuenta que:
- "Papá y mamá se conocieron en Santo Domingo de Heredia, Estaban de novios, no lo dejaban llegar a la casa. Papá sacó a mamá y la hospedó en otra casa, para poderse casar. Mucho amor, parece como un cuento de Hadas."

Lo cierto del caso es que Chabel era una linda joven que trabajaba en su casa haciendo bordados a máquina, que luego vendía a las tiendas, para ayudar con el gasto de su numerosa familia. Su madre se llamó Famelisa Villalobos Rosales y su padre Rubén Mora. Sus hermanos fueron: Carlos, Víctor, Carmen, Esperanza, Trina, Narciso y Deyma. Era una familia muy agradable y unida.

Don Rubén, según cuenta su hija Deyma, era un hombre muy estricto y costó mucho que diera el permiso para el matrimonio de su hija mayor.

Tras seis meses de noviazgo, se casaron en la Iglesia de Santo Domingo de Heredia. María asistió muy feliz a la Boda de su hijo. Y, en la ceremonia, se sintió nostálgica, pensando en cuánto le hubiese gustado a Joseph conocer a la madre de sus futuros nietos... Pero la vida había decidido otra cosa para ellos y, ni modo, había que comprenderlo y aceptarlo. Mucha felicidad sintió María en esa Boda, sin saber que la pareja le daría nada menos que once nietos, que siempre fueron su compañía y a los cuales narró historias sobre los tiempos en que compartió la vida con su amado Joseph...

Estando recién casado, Enrique, que es un atleta, corre y gana la carrera San José-Puntarenas-San José, de 115 kilómetros. Esta era una carrera llamada Ultramaratón, que organizaba el Club Sport La Libertad y se corría paralela a la línea del ferrocarril. Según cuenta su sobrino Franz " corrían hasta por el centro, sobre los durmientes". Esto fue en el año 1932.

La luna de miel de Enrique e Isabel- que así llamábamos nosotros a nuestra abuelita, aunque su nombre era Chabel- fue en Puntarenas. Viajaron allá en el Ferrocarril y en el Ferrocarril regresaron.

De Chabel, dice su ahijado Herbert Ulloa: " Mujer afable, dulce, cariñosa. Ama de casa que nos dio un montón de primos, todos lindísimos en su forma de ser. honestos, trabajadores, cumplidos. Bajita... Muy linda. De hablar pausado. Lo dio todo por los demás."

Corre-tren-corre-tren-corre-tren-corre
marcha-marcha-marcha-tren
Puiiíh Puuîih...

La persona que desciende de gentes provenientes de una cultura lejana y deconocida, genera un cierto vacío interno, una duda que debe satisfacer, aunque no sea consciente de ello. Esto afecta su vida entera y la forma de relacionarse con otras personas.

¿ Qué es un inmigrante ? ¿ Qué influencia ejerce en sus descendientes el hecho de desconocer la tierra, el idioma y las costumbres de sus ancestros?

Enrique siempre se cuestionaba sobre sus raices. ¿Quiénes habían sido sus abuelos y tíos Paternos ? ¿ Ðe dónde venía su apellido ? ¿ Cómo había sido la tierra, como era la casa en la que creció su padre ? ¿ Cuáles fueron sus creencias ?

Enrique era un hombre retraído, serio, trabajador. Estricto, responsable, ya de viejo tenia mucho sentido del humor. Le gustaba irse a caminar con sus nietos y nietas...y los cuidaba y los trataba muy tiernamente.

Dada su situación económica, nunca pudo visitar Alemania, aunque hizo varios cursos para aprender la lengua de su padre. Acostumbraba visitar a muchos de los descendientes de otros inmigrantes alemanes, que habían sido amigos de su padre. Fue un hombre trabajador que procreó once hijos.

Su hija María Isabel, quien fue una de las dos primeras mujeres en graduarse como médico en Costa Rica, lo recuerda así: "La relación con mi papá fue con cariño y respeto. La imagen del padre que guardo es de una gran fuerza tanto física como emocional. Él era aquel roble alto, fuerte, fornido, esbelto, en quien encontré siempre - aún en la edad adulta - dónde apoyarme y a quién admirar, por su sabiduría y su energía".

Su hermana Luz tuvo aún más curiosidad acerca de sus raíces, hizo algunos intentos para comunicarse con sus familiares en Alemania y consiguió hacerlo. Algunas cartas fueron y vinieron pero nadie registró la historia familiar por escrito. Sus hijos Franz, Arnoldo e Hilda guardaron los documentos que luego me sirvieron de base para iniciar la investigación de este libro. Pero se trataba de datos dispersos.

Transcribo a continuación, en alemán, una carta de Mathías Hoffmann para su sobrina Luz. La copia me la envió Arnoldo Hoffmann, a través de Herbert, desde los Estados Unidos. En resumen, el tío Mathías invita a la familia a que les visite en Alemania, entrando por Hamburgo o por Bremen. Luego les da una opción de ruta para que se comuniquen con él desde Colonia o desde Trier. Esto fue en mayo del año 1922. Nadie realizó nunca el viaje, por razones que desconozco.

Mirbach den 26 mai 1922

Mein lieber Neffe:

Ihren Brief habe Geherhalten was mich sehr gefrent hat denselben zu empfangen. Ich so wie meine Familie sind noch gesund was ich auch von EuchHoffen.

Ich und meine Familie Würten mit grose Frende Ihren Engfange ent gegen sehen. Nur lieber Neffe wen Sie uns besuchen wollen, so würte der nächste Hafen sem Bremen oder Hamburg. Dieser sind Deutscher Hafen In Antusergen ist auch em Hafen dieser ist aber in Belgium und nicht so beywefom wie Hamburg. Ich würte Ihnen raten den Hafen von Hamburg zir Eermstzen will das der begrwehmilichsten sein würte für über Berlin nach Köln. Von Köln wie Shecks Köln. Trier über Euskirchen bis auf Station Lisserdorf (Eifel) von wo ich Sie Könnte in Emgfang nehmen, nen Ich von Köln aus Nachricht erhalte durch den Telefon oder durch den Telegraf.

Mathias Hoffmann
Mirbach. KreisDaum
Rheinland
Deutschland

La vida siguió su curso y el tema de las raíces familiares se quedó para conversaciones de sobremesa.

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Siguió su curso la vida y los hijos fueron naciendo y creciendo con los años, en las familias de Luz y Enrique...

En la década de 1940, la familia de Enrique e Isabel vivía en una casa que alquilaban en Barrio Cuba.

José Enrique, el mayor de los hijos varones cuenta, en una entrevista que le hizo su hija Lucrecia, cuando él tenía 72 años, que:

" En el año 1940 cursaba yo mi sexto grado de escuela primaria en el Centro Educativo Mauro Fernández de San José. Vivía en ese entonces en la llamada carretera a Alajuelita como a tres o cuatro kilómetors de la Escuela. Como en ese tiempo no había servicio de autobús tenía que hacer ese recorrido, como dicen, a pie...

En el año 1939 había estallado la Segunda Guerra Mundial. Terminó en el año 1945. Así que, la mitad de esa década el mundo fue afectado por esta guerra. Costa Rica sufrió también, pues los grandes países dedicaron sus fábricas a producir eqµipo para la Guerra. Hubo escasez de herramienta para la agricultura, instrumentos para uso hogareño y de otros productos. Los años 40 a 50 fueron años de gran convulsión social".

Vamos a trasladarnos en el tiempo, amigo lector, para vivir un día en la vida de la familia Hoffmann Mora, en los años 40, en su casa de Barrio Cuba...

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Amanecía un martes en la casa de esta familia. Los primeros rayos del Sol iluminaban el patio. La inmensa chayotera se despertaba en medio de los árboles: de naranja, de limón ácido, de jocote, de mango criollo.

Hacía ya mucho rato que el gallo había cantado. Y, afortunadamente, ya las gallinas habían puesto los huevos que servirían para el consumo de la familia.

Ya el agua para el café hervía en la cocina de leña. Poco a poco, todos se fueron levantando y se prepararon para compartir el desayuno. Los estañones siempre quedaban llenos, para que hubiese suficiente agua para el uso matutino, pues el abastecimiento, en aquellos años, era muy deficiente.

Eran casi las 5 am. El trote de los caballos anunciaba que venía el lechero... Chabel lo saludó y le entregó dos recipientes para que abasteciera su pedido: 10 botellas. El lecheró tomó el líquido de uno de los dos tanques que colgaban del caballo. Y del otro tanque, sacó la natilla que Chabel le pidió.

Ya casi todo el desayuno estaba servido: gallo pinto, tortillas hechas en casa, con queso molido. Ahora faltaba agregar la natilla y chorrear el café, que Enrique estaba terminando de moler en la maquinita que, para tal efecto, tenían en la casa.

El aroma del café tostado que Enrique estaba moliendo, atrajo a María, au madre, hasta la cocina.

María Isabel,quien era un bebé de menos de un año, gateó hasta María y le tendió sus bazos, para que la alzara.

- Buenos días m'hijita, dijo María.

Y todos los demás, casi a coro, dijeron: Buenos días...

Chabel chorreó un café negro y fuerte, cuyo aroma delicioso terminó de despertar a los que todavía estaban bostezando...

Charlaron amenamente mientras desayunaban. María dijo a su nuera que tenía ganas de organizar un paseo a Turrúcares, a la casa de su hermano José, la familia completa.

Decidieron planearlo por la noche, mientras tomaran el café que acostumbraban a las 8 pm.

Y luego, la familia se separó, para ir cada quien a sus propias actividades.

Enrique se fue a pie, como lo hizo durante toda su vida, al Almacén Koberg. Estaba muy contento, porque hoy iniciaba un curso de reparación de aparatos de radio. Le gustaba realmente su trabajo y también apreciaba estudiar.

Los niños partieron hacia la Escuela, también a pie. En esa época, había pocas escuelas en San José y Colegios de Segunda Enseñanza sólo existían, en la Capital, el Colegio Seminario y el Liceo de Costa Rica, para hombres y el Colegio Sión y el Colegio Superior de Señoritas, para mujeres.

Costa Rica se componía en ese tiempo de más o menos medio millón de habitantes. La entrada a clases era a las 7 am y salían a almorzar a las 11 am y luego volvían a lecciones a la 1 pm, para terminar las clases a las 5 pm. Los sábados iban a la Escuela de 7 am a 11 am.

De camino, los niños planearon los argumentos para persuadir a sus padres de aceptar la propuesta de paseo para el domingo, que la abuela había hecho en el desayuno.

Entretanto, Chabel y María se quedaron en la casa, con los niños más pequeños...

El periódico La Tribuna traía, esa mañana, más información sobre la nefasta Guerra que azotaba al mundo por aquellos días. Pero también traía notas sociales, que a María y a Chabel les divertía leer, robándole algunos ratitos a su mucho trabajo matutino.

Gran parte de los ingredientes que ocupaban para hacer el almuerzo de aquel día, estaba en el patio de su casa. Era cuestión de salir a buscarlos. Los otros, se los comprarían a las muchachas que venían de las fincas cercanas a vender sus productos en canastos que transportaban uno en cada brazo. Traían chayotes, plátanos, yuca, tacacos, guineos, papas, ajos, huevos y pollos vivos que vendían en Un colón cincuenta céntimos cada uno.

Así que, terminaron de disponer los detalles para el almuerzo y se pusieron a conversar...

- Yo creo que sí está buena la idea de irnos a Turrúcares el domingo. Los chiquillos estarán encantados...

- ¡ Claro ! Así, aprovecho para llevarle a Claudia unas croquetas, que le gustan tanto y siempre me manda recados de que quiere comerlas...

Entre conversación, trabajo y cuidado de los niños que jugaban, la mañana transcurrió y llegó la hora del almuerzo.

Son ya las 11 de la mañana, y todos regresan, de sus labores, a la casa.

Arroz y frijoles, el plátano maduro frito que Enrique siempre pedía, picadillo de chicasquil, leche, tortillas y tortas de huevo con cebolla era el menú de aquel día.

Todos se acomodaron alrededor de la mesa e iniciaron el almuerzo. El tema de conversación obligado: la salida a Turrúcares el domingo. Enrique y Chabel dieron el sí definitivo y se iniciaron los preparativos.

Tras el almuerzo, una breve siesta y cada quien de nuevo a sus ocupaciones...

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Enrique estaba sentado en el corredor, sobre la mecedora de mimbre que había comprado hacía algunos días. Los más pequeños de sus hijos subían a sus piernas, para mecerse con él y le arrancaban cuidadosamente, de su cabello. las primeras canas...

Había llegado del trabajo y quería aprovechar el tiempo antes del café de las 8 de la noche, para reposar.

En el año 1940 el fluido eléctrico era muy deficiente. Casi en ninguna casa había luz eléctrica, ni radio. Tampoco había cocina eléctrica, refrigeradora, televisor o lavadora. La luz para el alumbrado de las casas la conectaba la compañia a las 6 pm y la desconectaba a las 6 am. Era muy deficiente, pues el voltaje era muy bajo.

Por las noches las gentes se alumbraban con candelas o canfinera, cuya luz reverberaba aquel martes entre sombras, por los techos, paredes y rincones de la casa...

Al fin estuvo listo el café, acompañado du un pan casero que había preparado Chabel.

Todas las sillas, menos una, estaban ocupadas alrededor de la mesa. Se apagaron, una a una y solas, casi todas las luces de las candelas y, extrañamente, la única silla desocupada se corrió unos cuantos centímetros.
Todos miraron algo curiosos aquel absurdo e inexplicable movimiento, pero el asunto no pasó a más. En aquella casa solían escucharse ruidos por las noches y las puertas, a veces. se abrían y se cerraban solas. Así que, sin más que simple curiosidad, la familia continuó tranquilamente su merienda nocturna, finiquitando los planes para el paseo en tren del domingo.

Muchas vivencias familiares amenas tuvieron en esa casa de Barrio Cuba. Y María vivía, por temporadas, con ellos. Sus nietos cuentan que ella era una abuelita muy chineadora y muy comprensiva. Se dedicaba a la venta de huevos o de ropa y algunas veces llevaba a alguno de sus nietos a que la acompañara en ese trabajo que realizaba. Rodolfo y Walter cuentan que ellos fueron con ella varias veces a Turrúcares, a acompañarla en esas ventas. En el camino, ella les contaba historias sobre su vida con Joseph. De igual manera, cuando estaba con sus nietas, fuera Hilda, Ilse, María de los Angeles, Isabel o cualquiera de ellas, doña María siempre aprovechaba para contar a sus nietos la historia de su vida con Joseph. Fue así, por tradición oral, como sobrevivieron muchos de los datos que pude recopilar para escribir este libro. Curiosamente, ninguno de mis tíos conversó cnnmigo nunca sobre estos temas. Pero al momento en que los entrevisté, me dieron la información.

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Ese mismo martes, de uno de los meses de uno de los años de la década de 1940, la vida transcurría, también, en el hogar de Luz Hoffmann y su esposo José Joaquín Ulloa.

Ellos vivían en una casa ubicada en las cercanías de Plaza Víquez. Mi padre nació en esa casa. Todavía al año 2004 estaba habitada por Hilda Ulloa. La línea del tren pasa justo enfrente de la residencia.

Herbert Ulloa dice de esa casa que: " Era aquella casa la misma que hoy en día se encuentra en Calle 13, av 16 y 18 # 1621, frente a la línea del Ferrocarril que comunica al Ferrocarril del Atlántico con el del Pacífico.

Recuerdo que al paso de estos monstruos de hierro se movía todo en su interior.

Una puerta principal de dos hojas de las que solamente una, la derecha, se abría hacia adentro de unos 60 centímetros cada una. Un corredor o pasillo hacia el interior con una salita a la derecha con la foto de mi abuelo al centro y al fondo algunos retratos de abuela María al costado izquierdo y otras fotos de matrimonio de doña Luz, mamá.

Un silloncito muy sencillo para dos personas en una franelilla color vino y dos silloncitos más individuales con una mesita de centro y dos mesitas altas de cedro o de caoba barnizadas posteriormente cada una con un jarrón de bronce labrado.

La ventana daba al frente de la calle principal y en su centro tenía colgada una lámpara que siempre admiré: forma de campana, vidrio total y color rosa con unos dibujos en ramitos de flores que la adornaban. Una cadena de bronce la sostenía pegada al techo con una bombilla de 50 Watts.
Era realmente agradable aquel ambiente que se mantenía siempre muy aseadito. Encerada y linda.

Al construir Papá el taller con que ganaba el sustento diario, instaló el teléfono, que heredó de su casa: el 4949- en la pared interior del taller y abrió un hueco en la pared de la sala del lado izquierdo como a un metro y cuarenta centímetros por donde metíamos la mano para atenderlo".

Cuenta Franz, hijo mayor de Luz, que : " La casa tenía sala afuera, después seguía un cuarto donde dormíamos dos. Después, el cuarto grande de papá y mamá. Luego seguía el comedor y, enfrente del comedor, había otro cuarto donde dormían otros de los chiquillos de la casa".

En esa casa las actividades empezaban desde las 4.30 ó 5 am. Franz recuerda que: " Ya a las cinco de la mañana mi mama estaba en pie. Papá era hojalatero y fontanero. Ya a las 6 de la mañana estaba desayunado y ya iba para afuera. El Taller estaba en La Soledad. Era el taller de mi abuelo, papá trabajaba con él. Yo estaba en la Escuela Juan Rudín, cuando empezó la segunda guerra mundial".

Se cocinaba con leña, igual que en la casa de Enrique e Isabel. Continúa Franz diciendo que: " A las 5 de la tarde llegaba un viejillo y con una varilla conectaba la luz a una sección de 200 ó 300 metros. Como se cocinaba con leña, yo iba a comprar una carreta de leña en Plaza Víquez/.
Había que secarla alrededor de la cocina, después de cortarla. Yo era el encargado de eso..."

La casa tenía 12 metros de frente por 25 metros de fondo. Había gallinas, perros y otros animales domésticos.

Después del desayuno, cada quien se dedicaba a sus respectivas labores y regresaban para almorzar juntos a una hora exacta. Veían el periódico La Tribuna. También, a veces, La Hora y La Prensa Libre.

El tema de conversación en el almuerzo, giraba en torno a los cultivos de la finca que tenía la familia: cebolla, maíz y otros. Pero ese martes, también se hablaba sobre un paseo a Turrúcares, que María había propuesto a su hija la noche anterior.

La respuesta fue sí y se prepararon para viajar con sus primos el domingo. Después del almuerzo, regresó cada quien a sus actividades del día.

Como esa finca fue tan importante en la vida de los Ulloa Hoffmann , vamos a asomarnos a unas de las vacaciones que tuvieron allá, mediante el testimonio de Herbert, quien nos cuenta que : " La finca de Carrizal fue una demostración de lo valiente que era mamá. Quedaba sola en los tiempos de vacaciones con todos sus hijos, que éramos cinco y de Colegio, Escuela y Kinder, pero las historias eran famosas. Una casona grande y yo la recuerdo muy linda; de grandes corredores a su alrededor con un fogón para el pan y leña siempre suficiente a su lado para su uso. Un patio reseco y algunas gallinas. Luego, cafetal y cafetal. Un camino hacia el este, como de 50 metros entre árboles y, al fondo, un portón de hierro. Luego un potrero grande y un río en el que no podían faltar las granadillas y una poza que disfrutábamos, aun cuando el sitio aquel era más bien frío. ¡ Qué linda fue esa etapa de la vida ! ¡ Qué noches tan hermosas de verano y qué celajes aquellos, inolvidables !

Bueyes, carretas, caballos, los cogedores de café y el encargado de todo con su familia. Mamá nos cuidaba solita, con gran amor de madre. De noche, las historias de miedo; y los cuentos. De tarde, los juegos de bolinchas, bolero y puro; pero mis hermanos mayores jugaban Tresillo... Usaban dados y granos de maíz, que movían sobre un tablero. Mientras tanto, ya Luzmilda había preparado un chocolatito y algún pancito dulce, o tortillas para acompañarlo. "

A las 5 pm, en la casa de Luz Hoffmann la familia disfrutaba la comida.

Luego, cada quien se fue a dormir.

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Y llegó el domingo de aquella semana..

En esos años, el medio de transporte entre San José y Puntarenas y entre San José y Limón era el tren. La única diferencia entre uno y otro tren era que el de Puntarenas se movía por medio de electricidad y por eso sus siglas eran "FEal P" o sea " Ferrocarril Eléctrico al Pacífico" y el que viajaba a Limón era movido por medio de vapor.

De camino a Turrúcares, a visitar a los Venegas, que eran primos suyos, los niños iban conversando y jugando en el tren.

Corre-tren-corre-tren-corre-tren-corre
marcha-marcha-marcha-tren
Puiiíh Puuîih...

Ilse se sentó en el vagón al lado de María. En el asiento de enfrente iban Hilda y Franz.

Desde la ventanilla, María señaló, mostrándoles el sitio donde estuvo la finca en la que vivió con su esposo. Y, nuevamente, se metió en sus recuerdos, para compartirlos con sus nietos...

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Llevaron unos músicos a la finca y Joseph contrató a varias Señoras para que se encargaran de los invitados y de la comida. Era una fiesta para algunos de sus colegas del Ferrocarril.

Música, baile y conversaciones... Los niños miraban alegrarse el rostro de su abuelita mientras trataba de incluirlos a ellos en esa felicidad tan grande que sus recuerdos le proporcionaban. Así fue siempre, con todos sus nietos. Ella parecía tener vivo el grato recuerdo de sus años con Joseph...

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Una vez en la finca, los niños se fueron al río, a bañarse en las pozas.
Su abuelita les acompañaba. Los niños compartían juegos, y era casi como si todos fueran hermanos. Mientras, los adultos eran recibidos con gran regocijo por los dueños de la finca. Preparaban toda clase de comidas deliciosas a base de maíz, pues había en la finca una milpa. Chorreadas, cosposas, tortillas de queso, manjarete... Y un cafecito recién chorreado, que daba gusto.

Doña María compartió tiempo valioso con sus nietos. Cuenta Franz que " Mi abuela tenía familia en Ojo de Agua, tenía familia en Turrúcares, tenía familia en Cebadilla, tenía familia en Hacienda Vieja, en Puntarenas, en Tilarán y en Tierras Morenas. Era muy paseadora. Se iba solita en tren a Puntarenas. Ahí dormía en un hotel. La lancha salía en la madrugada y la llevaba hasta Bebedero. Ahí, la esperaban con un caballo y a caballo se iba hasta Cañas. De Cañas, a Tilarán. Y de Tilarán a Tierras Morenas.
Ahí se quedaba durante tres ó cuatro meses".

Sé que mi padre, José Enrique, vivió durante un año - entre los 14 y los 15 años de edad- en Tierras Morenas. Ahí aprendió mucho y siempre conversaba sobre sus vivencias de ese tiempo con mucho cariño.

Volviendo a los paseos de doña María con sus nietos, cuenta Franz que : " Abuelita nos llevaba a pasear. Una vez nos llevó a Hilda y a mí . Hilda tendría 5 años ó 6 y yo tendría como 7. A mí me impresionaba Puntarenas.
Andábamos en una casa. Y abuelita nos llevaba a juntar almejas por la playa. Y hacíamos arroz con almejas, qué riquísimo... O si no, mi abuelita compraba palometas. Yo todavía me acuerdo de las palometas. Un viejo con una canasta así... llena de palomeras, unos pescaditos aplastados. Y los compraba mi abuela. Pescado fresco fresco..."

Los años continuaron pasando. María dividía su tiempo y su cariño entre sus hijos y sus nietos.

Con los años y la llegada de sus hijos, Enrique vio la necesidad de tener casa propia. Así que compró un lote en San Juan de Tibás, ubicado 700 metros (varas, se decía en ese entonces) al sur de la Iglesia de San Juan de Tibás. Ese lote tenía 20 de frente, pero varas,que era lo que se vendía antes, veinte varas de frente, por cincuenta de fondo. Ahí construyó una casa grande, para albergar a su numerosa familia. Tenía 6 dormitorios, sala, comedor, cocina.

Cuenta su hijo Walter que esa casa " la construyeron dos carpinteros. Con dos ayudantes hicieron todo lo que era montar la casa en madera, porque esa casa era de madera, y una vez que estaba ya para habitarla, nos fuimos, nos pasamos, el primero de diciembre de 1945 a esa casa. Nos pasamos ahí y nosotros, mi hermano José Enrique y yo, y Franz, un primo que llegaba de vez en cuando y nos ayudaba, fuimos poniendo los dobles forros y pintando y algunas cosas que había que hacerle, eso lo hicimos ya nosotros. Pero primero la habían dejado parada y debidamente forrada pero a un solo forro, ellos. Ahí estuvimos nosotros por espacio de 10 años, hasta que papá la cambió por una finca en Barranca".

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En la Biblioteca Virtual lectorias.com, se lee, acerca de Tibás:

Tibatsí fue el nombre
con que los indígenas
conocieron este lugar, al Cerro Tibás
y al río afluente del Río Virilla
(ni el cerro ni el río pertenecen
al territorio actual del cantón).


Ti significa agua;
Ba-tsí es unión de monosílabos
que puede significar agradable
por estar abrigado o encubierto.

Braulio Carrillo Colina, presidente
de la república a principios
del siglo XIX, trazó lo que sería
la nueva capital. Al ser derrocado
por Francisco Morazán, sólo quedó
el trazado de las calles
y la distribución clásica colonial;
plaza (hoy parque), iglesia
y terrenos municipales.

A mediados del siglo XX, Tibás
era una muy pequeña población
alrededor de la plaza. Esta plaza
estaba totalmente rodeada de hermosos
árboles higuerones y su uso
dominical era el fútbol. El sol
se hacía presente sólo en la media
cancha mientras los espectadores
veían el partido a la sombra fresca
de aquellos inmensos árboles.

Por esta época, los mejores
futbolistas del país vivían en Tibás
o venían, por diversión, a jugar
a esta plaza.

En la colonia se conoció como
San Juan del Murciélago
o Valle del Murciélago

Hoy es una de las diez poblaciones
que se encuentran en el anillo
periférico de la ciudad de San José.
Su calle central es una prolongación
de la calle central de San José.
No obstante esta cercanía, Tibás
pasó, de ser una comunidad estrictamente
rural, a finales de 1960,
a ser uno de los lugares
de mayor desarrollo urbano
con millares de habitantes.

Cruza su territorio la vía
hacia el Caribe por una zona
en donde hay comercio las 24 horas.

El estadio El Sanjuaneño, lleva
el nombre de el máximo fondista
de todos los tiempos, Antonio
Rodríguez, a quien se le conocía
como El Sanjuaneño.

El otro estadio, y quizá el más
renombrado, es el Estadio Ricardo
Saprissa Aymá, nombre del destacado
deportista nacido en Cataluña, España.
Este catalán al radicarse en Costa Rica
fue empresario y dirigente del fútbol
con el azulgrana del Orión FC.
En 1936, unos jóvenes le solicitaron
poner su nombre a su recién
formado equipo. Don Ricardo aceptó
y les obsequió un uniforme morado,
producto de un sobrante de hilaza
de su fábrica de textiles.
En la actualidad, este estadio vibra
bullicioso pues recibe a una
de las mayores hinchadas nacionales.

En el parque aún se encuentra el pozo
de agua que sirvió a los vecinos
del siglo XIX y parte del XX,
cuando no había cañería municipal.
Uno de los colegios de la localidad
lleva el nombre de Mauro Fernández
el reformista educador quien aportó
las bases para la educación popular.

Fue a Tibás adonde Enrique e Isabel se fueron a vivir con su familia.

Su hija Isabel cuenta que: " La casa que más recuerdo es la primera en que vivimos en Tibás. Allí pasé toda mi infancia ( 6 a 14 años). Era una casa grande con seis cuartos y vivíamos entonces en esa casa quince personas: once hijos, papá, mamá y mis abuelos paternos ( abuelastro ). Además tenía un gran patio, el lote medía 1000 m², sembrábamos árboles frutales; no olvido la enorme chayotera, mangos, duraznos y hasta una huerta con hortalizas y elotes".

Ilse era la hija mayor. Algunas veces, sus padres la dejaban a cargo de la familia para irse a pasear en fin de semana.

De esa casa en Tibás, coinciden todos los entrevistados para este libro, en que uno de los mejores recuerdos es el de los Rezos del Niño. Así que, lector, les acompañaremos en uno de esos Rezos...

Es enero de 1946...

... Dios te salve María llena eres de Gracia el Señor es contigo Bendita eres entre todas las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre Jesuús...

Decía la rezadora, con su voz grave y solemne.

Santa María Madre de Dios...

le respondían a coro los presentes.

Después de largo rato de avemarías, comenzaba la fiesta...

El portal lo había construido Ilse, en diciembre anterior, con la ayuda de Enrique. El hacía una especie de gradas, con tablas. Era una habitación completa. Le ponían ríos, lagos, bosques, espejos, lana de la montaña, figurillas de animales, de pastores y el consabido pesebre con la mula, el buey, la Virgen el niño y San José.

Los preparativos para el festejo duraban una semana entera.

En unas grandes tinajas, se hacía la chicha de maíz.

Todos trabajaban en la confección del queque y de los helados. Chabel preparaba la crema para los helados y el rompope en una gran olla. Tenían una sorbetera manual que manejaban entre todos. Las mujeres íban echando el hielo y la sal alrededor del tanque y los varones le daban vueltas hasta cuajarlos. Este trabajo era de varias horas.

En esta fiesta se repartía entre los invitados chicha y refresco y también alguna repostería hecha a base de maíz, como bizcochos, tamal asado y otros. También, arroz con pollo. El rosario se hacía con música, con un conjunto. Y también se bailaba.

Transcurrió el tiempo, los hijos de Enrique y de Chabel y los hijos de Luz también empezaron a formar sus hogares.

Alicia, una de ellas, se casó en Puntarenas. Toda la familia asistió a la boda. La fiesta fue en una finca que Enrique poseía en Barranca.

Baile, comida, licor. En esa fiesta mi abuela materna, doña Lydia conoció a doña María y conversó con ella mucho rato.

Todos bailaron, compartieron y se divirtieron mucho en aquella fiesta... Sería esa la última vez que María compartiría sus recuerdos con su familia...

Poco tiempo después, María dejó este mundo. Pero sus recuerdos, que había transmitido a sus nietos, se quedaron aquí...

Siguió pasando el tiempo y Enrique y Chabel se fueron a vivir con sus hijos a la casa amarilla de Tibás.

Esa antigua casa de los abuelos, aquella que recuerdo de mis años de infancia era amarilla. Amarillo encendido yema de huevo. Con amplio corredor rodeado de un jardín y un árbol de cerezas que daba sus frutos a todos los nietos. ¡ Y éramos muchos ! Y la vieja mecedora de mimbre siempre nos esperaba. Había que hacer fila para mecerse.

Era una casa enorme, de madera y tenía un garaje que en un tiempo sirvió para que mi padre tuviera su Taller y, después, muchos años después, para que mi tío Walter tuviera su sastrería. El árbol de cerezas estaba en la parte de atrás de la casa, exactamente detrás del garaje.

Mi hermana mayor, Ana Patricia, la recuerda con mucha precisión. Así la describió:

"La casa iniciaba con la sala y, frente a ella, el cuarto de Nidia y Xinia. A la par de ese cuarto había un servicio sanitario. Luego, estaba el cuarto de Helvin y el de abuelito y abuelita. Al frente de esos cuartos, estaba el comedor, después la cocina, con una pila grandísima. Al frente y después de un pequeño pasadizo se encontraba el baño principal y en el fondo del pasadizo estaba el cuarto de Tía Isabel, al que ni a bala entrábamos porque tenía una calavera y otras cositas, porque estudiaba medicina. Después, había como un cuarto de pilas para lavar y planchar y construyeron un cuarto bastante grande donde vivieron un tiempo tío Mario y Tía Edith y luego, Tío Walter y Tía Teresa. Por último, estaba el patio, con muchas plantas y árboles. "

La navidad siempre fue hermosa cuando se celebraba ahí...

Yo lo recuerdo con mucho cariño: hijos, nietos, abuelos, padres, sobrinos, tíos y primos: teníamos un lazo que nos unía ... Cuenta María Isabel que "Para Navidad uno de mis hermanos se vestía de San Nicolás. Al respecto hay muchas anécdotas muy divertidas. Desde los perros del barrio que se les ponían atrás, hasta San Nicolás con tenis en lugar de botas, pues no alcanzaba el dinero para las botas. Algunos de los sobrinos se escondían debajo de las camas porque le tenían miedo al colacho como lo llamábamos. Otra vez, a José Enrique le colorearon tanto los cachetes que, al quitarse el disfraz, no podíamos quitarle el colorete ..."

Cuando Enrique y Chabel (Isabel) cumplieron 50 años de casados, se hizo una misa en la Iglesia Santa Teresita y una fiesta en el salón llamado el Señorial. En ese momento, la familia estaba casi completa. Todos asistieron y en la Iglesia se celebró una ceremonia para renovar los votos matrimoniales.

Cada año, se reunía la familia para celebrar fechas como el día del padre, de la madre o Navidad. Pero el tiempo siguió pasando y se fueron yendo algunos de este mundo. Mis abuelos fallecieron en los años 90.

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Hannia Hoffmann nació en octubre de 1962 en San José, Costa Rica, América Central en el seno de la familia Hoffmann Brenes. Estudió en el Colegio Superior de Señoritas y posteriormente estudió Ciencias de la Comunicación Colectiva y ejerció como periodista. Se especializó en lingüística y publicidad en la Universidad de Costa Rica en donde obtuvo su licenciatura. Trabaja como productora de cine, video audio e impreso y brinda asesoría en comunicación y producción como empresaria independiente. Dirige el Taller Literario que lleva su nombre y es co fundadora de la Fundación Intercultural del Centro de Comunicación.

Como educadora dirige la Escuela de Diseño Publicitario de la Universidad Fidélitas e imparte otros cursos de su especialidad en la Universidad Latina de Costa Rica Ulatina, Universidad Internacional de las Américas y en la Universidad de las Ciencias y el Arte Unica. Es bisnieta de la señora María Venegas.

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Sobre Rieles - Capítulo I - Capítulo II - Capítulo III - Capítulo IV

La señora María Venegas de Hoffmann

Sobre Rieles
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV


El Jardín
del silencio


Reflejos
virtuales


Ensueño


Tipilambi


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Comunicación
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Costa Rica es así


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Hannia Hoffmann nació en octubre de 1962 en San José, Costa Rica, América Central en el seno de la familia Hoffmann Brenes. Estudió en el Colegio Superior de Señoritas y posteriormente estudió Ciencias de la Comunicación Colectiva y ejerció como periodista. Se especializó en lingüística y publicidad en la Universidad de Costa Rica en donde obtuvo su licenciatura. Trabaja como productora de cine, video audio e impreso y brinda asesoría en comunicación y producción como empresaria independiente. Dirige el Taller Literario que lleva su nombre y es co fundadora de la Fundación Intercultural del Centro de Comunicación.
Como educadora dirige la Escuela de Diseño Publicitario de la Universidad Fidélitas e imparte otros cursos de su especialidad en Universidad Latina de Costa Rica Ulatina, Universidad Internacional de las Américas y en la Universidad de las Ciencias y el Arte Unica.
Es bisnieta de la señora María Venegas.