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Mª De Las Mercedes González Pérez, Merche.
Nacida en Madrid el día 11 de diciembre de 1971
Merche se desempeña en Contabilidad, Ofimática, Redacción y Arte de Escribir, Cultura Lingüística, Creación Poética y Escritura Creativa.
Luego de realizar un trabajo como Secretaria de Redacción en una de las revistas que publica la Editorial Instituto de Estudios Modernistas de Valencia, surca por la Cultura lingüística y El arte de escribir participando activamente en los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja.
Merche es miembro de la Asociación Española de Amigos de la Poesía,
en la que ha realizado recitales poéticos, obras de teatro poéticas,
lectura y aprendizaje de los grandes maestros ya consagrados.
De creación reciente su libro Palabras rotas. Editorial: Instituto de Estudios Modernistas; ISBN: 84-95356-23-6. Cien ejemplares de esta obra se encuentran en las bibliotecas de Valencia, Castellón, Alicante, y la Biblioteca Nacional de Madrid.
Algunos de sus poemas han sido publicados en la revista literaria Aguamarina y es creadora y coordinadora del Taller de Creación poética El Desván de las Letras.
En unión virtual con lectorias.com/cartas.html completó su Taller Literario pro Trabajo Comunal Universitario en su comunidad Mósteles, Madrid, España.
La aventura de escribir
Siempre recuerdo mi infancia como aquella edad de la inocencia, donde nada estaba permitido y todo era posible a la vez.
Estuve dando un paseo por las avenidas de mi pueblo, observando los coloridos y a veces extravagantes escaparates de las tiendas. Más tarde, opté por continuar mi paseo por el "Parque Liana", que se encuentra frente al barrio donde vivo. Es un bonito parque lleno de colores verdes y flores de distintos tonos. Me gusta sentirme refugiada bajo las sombras que ofrecen las decenas de chopos y pinos que adornan el paseo, entre bancos de madera vestidos de barniz. Busqué uno de aquellos bancos que no tuviesen las huellas de diferentes tipos de zapatos y zapatillas, y me senté en él. Mientras relajaba mi mente observando el tranquilo y soleado paisaje que me rodeaba y respirando el olor de la hierba recién cortada, me vi sumergida en una experiencia espiritual que me llenó de gozo y me impulsó a viajar hacia el pasado. A mi mente acudió una imagen que vino a refrescar mis recuerdos.
Yo era una niña. Por aquel entonces tendría unos diez u once años. Era verano, y como cada verano, me encontraba de vacaciones en la casa de campo que mis padres habían adquirido al pie del Río Guadarrama.
Adoraba veranear cada año en el campo, rodeada de las risas de mis mejores amigos, y de la ignorancia que nacía de nuestra inocencia infantil. Adoraba el verde paisaje que me envolvía, y la tierra que pisaban mis polvorientas zapatillas.
El Río Guadarrama, no contaba con calles asfaltadas ni casas de lujo, pero yo podía ver la belleza de sus viejas casas, algunas construidas con despojos de la humanidad. Otras, como la mía, de ladrillo visto. Yo amaba sus torpes calles sin asfaltar, sin una sola baldosa que rompiera el esplendor natural de nuestra madre naturaleza. Caminos de arena, calles sin nombre, vacías de luz... los mejores años de mi vida.
La tarde comenzaba a caer entre las lejanas montañas que se divisaban desde el banco donde me hallaba sentada. Comenzaba a refrescar, y empecé a sentir que el vello de mis brazos se erizaba. Pero no quise romper la magia que me envolvía en aquellos momentos. Quería ocultarme entre los sueños que se agolpaban en mi mente. Recuerdos que me llenaban de gozo y me retornaban de nuevo hasta aquella época de mi vida donde los juegos infantiles eran inocentes reacciones producidas por las torpes órdenes de unos cerebros hiperactivos aún sin madurar. Cerré mis ojos y dejé nuevamente mi mente al amparo de sus recuerdos.
Ahora me veía en aquella bicicleta roja que mis padres que habían regalado por mi cumpleaños. Pedaleando rápidamente, como si el viento me impulsara a volar. Iba subiendo por una cuesta que llevaba hasta "El puente de Hierro". Un viejo puente oxidado y abandonado que cruzaba el Río Guadarrama a unos veinte metros de altura. Mis amigos y yo, amábamos ese puente, era parte de nosotros, "nuestro sitio". Junto aquellos niños pasé ratos de suma alegría, de juegos llenos de inocencia infantil. Descubriendo nuestros propios miedos, nuestras más secretas fantasías, y formamos una pandilla atada por un lazo de vida que nos unía como si todos fuésemos una sola persona. La "Pandilla Carabela", así nos llamaban los mayores.
En ocasiones nos convertíamos en "pequeños cazadores de renacuajos", en el río, por donde entonces las aguas corrían limpias y abundantes. Luego hacíamos carreras de ranas. Muchos de aquellos pequeños e indefensos renacuajos, por suerte, se escapaban. Otros morían en nuestras manos, o aplastadas por nuestras zapatillas. Nosotros derramábamos miles de lágrimas por aquellas diminutas victimas, y organizábamos su funeral.
Otras veces nos convertíamos en una patrulla de salvamento que se encargaba de recoger muñecos abandonados de los vertederos. Luego los llevábamos a nuestras casas donde curábamos sus tristes heridas y lavábamos sus sucios cuerpos. Los papás, nos regañaban por ir por ahí "recogiendo basurillas", como ellos nos decían, y en ocasiones nos quitaban a los pequeños huérfanos de trapo y los volvían a arrojar al vertedero, bajo el ensordecedor ruido de nuestros berridos.
Sentirnos libres en la pequeña cavidad de un mundo sin impurezas. Habíamos construido nuestros propios sueños, y nos alimentábamos de las ilusiones de unos niños correteando por un valle sin lágrimas.
Crecer, era el único castigo. Yo quise detener el tiempo, y quedarme para siempre junto al río, anhelando convertirme en princesa de mi propio reino.
Mientras tuve la suerte de vivir en un mundo tan maravilloso, no conocí otros mundos, mis ojos estaban cerrados ante la cruda realidad. La maldad no existía, los pájaros volaban libres y los peces respiraban bajo las aguas. No tenía más ocupación que la de sonreír, jugar, dormir, y compartir junto a esa "Pandilla" los años más dulces de mi vida.
Pasé seis veranos inolvidables en aquellos campos. Pero no fue allí donde crecí y perdí mi niñez para convertirme en una mujercita. No, de allí salí niña, inocente, graciosamente ignorante, con una muñeca entre mis brazos.
Y fue al separarme de tan querido lugar cuando busqué en mi recuerdo y sentí la fuerte necesidad de escribir mis ilusiones y mis sueños, con la esperanza de que éstos se hiciesen realidad. O al menos, dejar grabado para siempre en mi alma la belleza de tan dulces sentimientos.
No fue sencillo crecer, nunca más cumpliré los doce. Los trece rompieron mi inocencia y a los quince, ya derramé más de una lágrima por el capricho de un amor no correspondido.
A veces pienso que si nunca hubiese abandonado aquél lugar, nunca hubiera crecido, y ahora sería como Peter Pan. Pero el mismo día que me alejé de los verdes prados, de la sombra fresca de los chopos, perdí la venda que cubría mis ojos, la misma venda piadosa que viste a todas las miradas infantiles. Comencé a crecer en la dura realidad que nos ofrece la vida diariamente, y aprendí que no es fácil seguir un rumbo fijo y estático en la tempestad en cada día nos movemos. Y lo peor de todo, descubrir que la amistad eterna no existe. No volví a ver a aquellos amigos, pero aún me quedan los restos de unos gratos recuerdos.
El frío se hacia más intenso, y me desperté del mundo onírico que me embargaba. Eran casi las nueve de la noche. Llevaba horas en el parque. Debía regresar a casa. Me levanté y respiré profundamente el aroma que me ofrecían los árboles y las flores que me rodeaban. Y aunque tenía bastante prisa, comencé a caminar despacio. Quería llevarme conmigo la magia que me envolvía en aquel momento, y conservar eternamente mi espíritu infantil.
Mientras caminaba, fui susurrando una eterna canción:
"Quédese dormida la niña entre mis brazos.
Inocente mirada perdida en la inmensidad de un mundo destartalado.
Juegos prohibidos en unas manos inocentes.
Quédense conmigo los sueños de la infancia
Donde unas vendas piadosas cubren los ojos ante la eterna realidad.
Deseos esparcidos por un aire caprichoso.
Quédense los ríos, los campos, las susodichas esperanzas.
Y reine en mi mente la reminiscencia de unos silenciosos estruendos.
Sonrisas con luz propia que iluminan la sed de mi ávido espíritu.
Quédense en mis manos la inocencia y los anhelos.
Pues al despertar se cegarán mis ojos ante el resplandor de unas manos vacías.
Y no jugarán deseos, y no habrá sonrisas brillantes, se morirá la aurora.
¡Despierta, mi niña, despierta!
... ya no serás Peter Pan.
lectorias covers communication and
educational materials produced by Eric Fco. Díaz Serrano. Correspond to two print indexes: Resources in Commnunication and Edutation; and Current
Index students and Information covering a broad spectrum of
educationals subjects; these include free adult and vocational education, counseling,
educational managements, languajes and reading and communication
skills.






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