Eric Fco Díaz Serrano
Evasiva Verdad
Aquí el Capítulo anterior:
OCHO
El yo es la unidad puramente vital
de nuestro ser, de nosotros mismos.
Cuando el yo se convierte
en sujeto cognoscente,
imprime en las cosas a conocer,
los caracteres categoriales del ser.
Nuestras obras se basan (Marx, Engels)
en que no es la conciencia del hombre
la que determina su ser,
sino por el contrario, el ser social
es lo que determina su conciencia.
El hombre que brotó ordinariamente
de la naturaleza, era puramente
un ser natural, y no un hombre.
El hombre es un producto del hombre,
de la cultura, de la historia.
Es en la práctica en donde el hombre
demuestra la verdad,
es decir, la realidad y el poderío,
la terrenalidad de su pensamiento.
(Por cierto, mucho después
de nuestra muerte,
unos inescrupulosos
tomaron por excusa nuestras ideas
y trastocándolas, sembraron odio
y muerte con la consigna
de una bandera roja
que fue nefasta para la humanidad).
Nosotros dejamos en claro que,
la producción, y con ella
el intercambio de los productos,
es la base de todo orden social.
En todas las sociedades
que desfilan por la Historia,
la distribución de los productos y,
junto a ella la división social
de los hombres en clases, es determinada
por lo que la sociedad produce,
y cómo lo produce, y por el modo de intercambiar sus productos.
Según eso, las últimas causas
de todos los cambios sociales
de todas las revoluciones políticas
no deben buscarse en las cabezas
de los hombres, ni en la idea que ellos
se forman de la verdad eterna,
ni de la Eterna Justicia,
sino en las transformaciones operadas un ser natural, y no un hombre.
El hombre es un producto del hombre,
de la cultura, de la historia.
Es en la práctica en donde el hombre
demuestra la verdad,
es decir, la realidad y el poderío,
la terrenalidad de su pensamiento.
(Por cierto, mucho después
de nuestra muerte,
unos inescrupulosos
tomaron por excusa nuestras ideas
y trastocándolas, sembraron odio
y muerte con la consigna
de una bandera roja
que fue nefasta para la humanidad).
Nosotros dejamos en claro que,
la producción, y con ella
el intercambio de los productos,
es la base de todo orden social.
En todas las sociedades
que desfilan por la Historia,
la distribución de los productos y,
junto a ella la división social
de los hombres en clases, es determinada
por lo que la sociedad produce,
y cómo lo produce, y por el modo de intercambiar sus productos.
Según eso, las últimas causas
de todos los cambios sociales
de todas las revoluciones políticas
no deben buscarse en las cabezas
de los hombres, ni en la idea que ellos
se forman de la verdad eterna,
ni de la Eterna Justicia,
sino en las transformaciones operadas en el modo de producción y de cambio.
(Feuerbach) El materialismo
es un fiel aliado de la actividad práctica
de los hombres a base de los cuales
el mismo surgió y se desarrolló.
Ellos (Marx-Engels) se basaron
en gran parte en mis afirmaciones
de que la filosofía no debe encerrarse
en el ámbito del pensamiento puro,
sino que es de su incumbencia estudiar
la Naturaleza y el hombre.
La naturaleza existe fuera del hombre,
es "el primer ser, lo primero, no lo derivado". En cambio, el hombre es una parte
de la Naturaleza, un producto
de su largo desarrollo.
La conciencia no antecede a la naturaleza, sino que la refleja simplemente, es cognoscible y asequible al hombre
que la percibe con todos sus sentidos.
Para ellos (Marx-Engels) la moral
es producto de las relaciones morales,
de las relaciones de produción,
mientras que yo (Feuerbach)
considero que la principal fuerza motriz
de la Historia es la moral,
las relaciones morales de los hombres.
La conciencia moral contiene dentro de sí (Kant) un cierto número de principios,
en virtud de los cuales los hombres
rigen su vida. Acomodan su conducta
a esos principios y, por otra parte,
tienen en ellos una base
para formular juicios morales
acerca de sí mismos y de cuanto les rodea.
Esa conciencia moral es
un hecho de la vida humana, tan real,
tan efectivo, tan incommovible
como el hecho del conocimiento.
Nosotros decimos que esta cosa
o aquella es buena o mala;
pero en rigor,
las cosas no son ni buenas ni malas;
porque en las cosas
no hay mérito ni desmérito.
Por consiguiente, los calificativos morales
sólo pueden predicarse del hombre,
de la persona humana.
Todo acto en el momento de iniciarse,
de comenzar a realizarse,
aparece a la conciencia
bajo la forma de mandamiento:
hay que hacer esto,
esto tiene que ser hecho, haz esto.
Esta forma de imperativos es la rúbrica general en que se contiene todo acto inmediatamente posible. Por ejemplo;
" si quieres sanar de tu enfermedad,
toma la medicina". El imperativo es
"toma la medicina"; pero este imperativo
está limitado, no es absoluto,
no es incondicional,
sino que está puesto bajo la condición
"de que quieras sanar".
Si tú me contestas "no quiero sanar",
entonces ya no es válido el imperativo.
"Toma la medicina" es, pues,
solamente válido bajo la condición
de que quieras sanar. acerca de sí mismos y de cuanto les rodea.
Esa conciencia moral es
un hecho de la vida humana, tan real,
tan efectivo, tan incommovible
como el hecho del conocimiento.
Nosotros decimos que esta cosa
o aquella es buena o mala;
pero en rigor,
las cosas no son ni buenas ni malas;
porque en las cosas
no hay mérito ni desmérito.
Por consiguiente, los calificativos morales
sólo pueden predicarse del hombre,
de la persona humana.
Todo acto en el momento de iniciarse,
de comenzar a realizarse,
aparece a la conciencia
bajo la forma de mandamiento:
hay que hacer esto,
esto tiene que ser hecho, haz esto.
Esta forma de imperativos es la rúbrica general en que se contiene todo acto inmediatamente posible. Por ejemplo;
" si quieres sanar de tu enfermedad,
toma la medicina". El imperativo es
"toma la medicina"; pero este imperativo
está limitado, no es absoluto,
no es incondicional,
sino que está puesto bajo la condición
"de que quieras sanar".
Si tú me contestas "no quiero sanar",
entonces ya no es válido el imperativo.
"Toma la medicina" es, pues,
solamente válido bajo la condición
de que quieras sanar. Los imperativos de la moral
se suelen formular sin condiciones:
"honra a tus padres";
"no mates a otro hombre";
y en fin todos los mandamientos
morales bien conocidos.
¿A cuál de estos tipos de imperativos corresponde lo que llamamos moralidad? Evidentemente la moralidad
no es lo mismo que la legalidad.
La legalidad de un acto voluntario
consiste en que la acción efectuada en él,
sea conforme y esté ajustada a la ley.
Pero no basta que una acción
sea conforme y esté ajustada a la ley,
para que sea moral; no basta que una acción sea legal para que sea moral.
Para que una acción sea moral
es menester que algo acontezca
no en la acción misma
y su concordancia con la ley,
sino en el instante que antecede a la acción
en el ánimo o voluntad del que la ejecuta.
Si una persona ajusta perfectamente
sus actos a la ley,
pero los ajusta a la ley porque teme
el castigo consiguiente
o apetece la recompensa consiguiente, entonces decimos que la conducta íntima,
la voluntad íntima de esa persona,
no es moral.
Para nosotros, para la conciencia moral,
una voluntad que se resuelve a hacer
lo que hace por esperanza de recompensa
o por temor de castigo,
pierde todo valor moral.
En cambio, decimos que un acto moral
tiene pleno mérito moral,
cuando la persona que lo verifica
ha sido determinada a verificarlo
únicamente porque ese es
el acto moral debido.
La voluntad es autónoma
cuando ella se da a sí misma su propia ley,
es heterómana cuando recibe
pasivamente la ley, de algo
o de alguien que no es ella misma.
Ahora bien: todas las éticas
que la historia conoce y en las cuales
los principios de la moralidad son hallados
en contenidos empíricos de la acción,
resultan necesariamente Heterómanas; consisten necesariamente en presentar
un tipo de acción para que el hombre
ajuste su conducta a ella; porque siempre
el fundamento determinante de la voluntad,
es la consideración que el sujeto
ha de hacer de lo que le va a acontecer
si cumple o no cumple.
Solamente es autónoma
aquella formulación de la ley moral
que pone en la voluntad misma
el origen de la propia ley.
Ahora bien, esto obliga
a que la propia ley que se origina
en la voluntad misma no sea una ley
de contenido empírico,
sino una ley puramente formal.
Por eso la ley moral no puede consistir pierde todo valor moral.
En cambio, decimos que un acto moral
tiene pleno mérito moral,
cuando la persona que lo verifica
ha sido determinada a verificarlo
únicamente porque ese es
el acto moral debido.
La voluntad es autónoma
cuando ella se da a sí misma su propia ley,
es heterómana cuando recibe
pasivamente la ley, de algo
o de alguien que no es ella misma.
Ahora bien: todas las éticas
que la historia conoce y en las cuales
los principios de la moralidad son hallados
en contenidos empíricos de la acción,
resultan necesariamente Heterómanas; consisten necesariamente en presentar
un tipo de acción para que el hombre
ajuste su conducta a ella; porque siempre
el fundamento determinante de la voluntad,
es la consideración que el sujeto
ha de hacer de lo que le va a acontecer
si cumple o no cumple.
Solamente es autónoma
aquella formulación de la ley moral
que pone en la voluntad misma
el origen de la propia ley.
Ahora bien, esto obliga
a que la propia ley que se origina
en la voluntad misma no sea una ley
de contenido empírico,
sino una ley puramente formal.
Por eso la ley moral no puede consistir en decir "haz esto" o "haz lo otro",
sino en decir:" lo que quiera que hagas,
hazlo por respeto a la ley moral".
Por eso la moral no puede consistir
en una serie de mandamientos,
con un contenido empírico
o metafísico determinado,
sino que tiene que consistir
en la aceptación del lugar sicológico,
el lugar de la conciencia,
en donde reside lo meritorio,
en donde lo meritorio no es ajustar
la conducta a tal o cual precepto,
sino el por qué se ajusta la conducta
a tal o cual precepto.
"Obra de tal manera que el motivo,
el principio que te lleve a obrar,
puedas tú querer que sea una ley universal".
Mas esta autonomía de la voluntad
nos abre ya una pequeña puerta
fuera del mundo de los fenómenos,
fuera del mundo de los objetos a conocer, fuera de la tupida red de condiciones
que el acto de conocimiento se hace".
"Porque si la voluntad moral pura
es la voluntad autónoma,
entonces esto implica necesaria
y evidentemente el postulado
de la libertad de la voluntad".
Es evidente, tan evidente como los principios elementales de las matemáticas,
que la voluntad tiene que ser libre,
so pena de que se saque
la conclusión de que no hay moralidad,
de que el hombre no merece
ni aplauso ni censura.
Pero es un hecho de que a nadie
se le convence de que los hombres
no merezcam aplausos o censuras,
sino que hay hombres que son malos
y otros que son buenos...
y otros regulares, como la mayoría".
Pero si la voluntad es libre
¿Es que entonces entramos
en contradicción con la naturaleza?
Si la voluntad es libre,
entonces parece como si
en la red de mallas de las cosas naturales hubiéramos cortado un hilo, un hilo roto.
¿Entramos pues acaso
en contradicción con la naturaleza?
No, la conciencia moral
no es conocimiento.
No nos presenta la realidad esencial de algo, sino que es un acto de valoración,
no de conocimiento; y ese acto es
el que nos pone en contacto directo
con otro mundo,
que no es le mundo de los fenómenos,
que no es mundo de los objetos a conocer, sino un mundo completamente inteligible,
en donde no se trata ya de espacio,
del tiempo, de las categorías,
en donde espacio, tiempo y categorías
no tienen nada que hacer;
es el mundo de unas realidades suprasensibles a las cuales
no llegamos por conocimiento,
sino como directas intuiciones
de carácter moral que nos ponen de que el hombre no merece
ni aplauso ni censura.
Pero es un hecho de que a nadie
se le convence de que los hombres
no merecen aplausos o censuras,
sino que hay hombres que son malos
y otros que son buenos...
y otros regulares, como lo son la mayoría".
Pero si la voluntad es libre
¿Es que entonces entramos
en contradicción con la naturaleza?
Si la voluntad es libre,
entonces parece como si
en la red de mallas de las cosas naturales hubiéramos cortado un hilo, un hilo roto.
¿Entramos pues acaso
en contradicción con la naturaleza?
No, la conciencia moral
no es conocimiento.
No nos presenta la realidad esencial de algo, sino que es un acto de valoración,
no de conocimiento; y ese acto es
el que nos pone en contacto directo
con otro mundo,
que no es el mundo de los fenómenos,
que no es mundo de los objetos a conocer, sino un mundo completamente inteligible,
en donde no se trata ya de espacio,
del tiempo, de las categorías,
en donde espacio, tiempo y categorías
no tienen nada que hacer;
es el mundo de unas realidades suprasensibles a las cuales
no llegamos por conocimiento,
sino como directas intuiciones
de carácter moral que nos ponen en contacto con esa otra dimensión
de la conciencia humana,
que es la dimensión no cognoscitiva,
sino valorativa y moral.
De modo que nuestro yo,
como sujeto cognoscente se expande ampliamente en la naturaleza,
en su clasificación en objetos,
en la reunión y concatenación
de causas y efectos
y su desarrollo en la ciencia,
en el conocimiento científico, matemático, físico, químico, biológico, histórico, etcétera.
Pero al mismo tiempo ese mismo yo
que cuando conoce se pone a sí mismo
como sujeto cognoscente, ese mismo yo
es también conciencia moral,
y superpone a todo ese espectáculo
de la naturaleza, sujeta a leyes naturales,
de causalidad, una actividad estimativa, valorativa, que se refiere a sí misma,
no como sujeto cognoscente,
sino como activa, como agente;
y que se refiere a los otros hombres
en la misma relación.
Así pues, la conciencia moral
nos entreabre un poco el velo
que encubre este mundo inteligible
de las almas y conciencias morales
que no tiene nada que ver
con el sujeto cognoscente.
Si la voluntad humana es libre,
si nos permite penetrar
en este mundo inteligible,
nos ha enseñado que este mundo inteligible no está sujeto a las formas
de espacio, tiempo y categorías.
Si nuestro yo como persona moral,
no está sujeto a espacio, tiempo y categorías, no tiene sentido para él,
hablar de una vida
más o menos larga o menos corta.
El tiempo no existe aquí;
el tiempo es una forma
aplicable a fenómenos,
aplicable a objetos a conocer,
pero el alma, humana,
la conciencia humana moral,
la voluntad libre,
es ajena al espacio y el tiempo.
Cada una de nuestras acciones puede,
en efecto, y debe ser considerada
como un fenómeno que se efectúa
en el mundo, tiene sus causas
y está determinada íntegramente,
bajo el aspecto del deber;
bajo el aspecto de lo moral o inmoral.
Si el hombre pudiera
por los medios que sea,
de la educación, de la pedagogía
o como fuera,
purificar cada vez más su voluntad
en el sentido de que esa voluntad
pura y libre dependa sólo de la ley moral;
si el hombre va poniéndose cada vez más, sujetando y dominando la voluntad
psicológica y empíricamente determinada;
al cabo de esa tarea nos ha enseñado que este mundo inteligible no está sujeto a las formas
de espacio, tiempo y categorías.
Si nuestro yo como persona moral,
no está sujeto a espacio, tiempo y categorías, no tiene sentido para él,
hablar de una vida
más o menos larga o menos corta.
El tiempo no existe aquí;
el tiempo es una forma
aplicable a fenómenos,
aplicable a objetos a conocer,
pero el alma, humana,
la conciencia humana moral,
la voluntad libre,
es ajena al espacio y el tiempo.
Cada una de nuestras acciones puede,
en efecto, y debe ser considerada
como un fenómeno que se efectúa
en el mundo, tiene sus causas
y está determinada íntegramente,
bajo el aspecto del deber;
bajo el aspecto de lo moral o inmoral.
Si el hombre pudiera
por los medios que sea,
de la educación, de la pedagogía
o como fuera,
purificar cada vez más su voluntad
en el sentido de que esa voluntad
pura y libre dependa sólo de la ley moral;
si el hombre se propusiera cada vez más,
a sujetar y dominar la voluntad
psicológica y empíricamente determinada;
al cabo de esa tarea tendríamos realizado un ideal,
tendríamos un ideal cumplido:
a un hombre que ha dominado
por completo aquí, en la experiencia,
toda determinación moral
oriunda de los fenómenos concretos,
físicos, psíquicos y psicológicos
para sujetarlos a la ley moral.
Es todo cuanto contiene
nuestra creencia inconmovible
de la inmortalidad del alma.
"La característica de nuestra vida moral, concreta, en este mundo fenoménico,
es la tragedia, el dolor,
el desgarramiento profundo,
que produce en nosotros esa distancia,
ese abismo entre el ideal
y la realidad. La realidad fenoménica
está regida por la naturaleza,
por el engarce natural de causas y efectos
que son ciegos para los valores morales.
En nuestra vida colectiva,
encontramos con que quisiéramos
que la justicia fuese total,
plena y completa,
pero nos encontramos con que
en las myoría de las veces
prevalece lo contrario.
Y en la vida histórica lo mismo.
Ese acuerdo entre lo que "es"
y lo que "debe ser", que no se da
en nuestra vida fenoménica,
porque en ella predomina
la causalidad física y natural,
es un postulado que requiere
una unidad superior
entre ese "ser" y el otro "debe ser".
Y esa unión de lo más real
que puede haber
con lo más ideal que puede haber
es lo que yo (Kant) llamo Dios.
Dios es, pues, en ente metafísico
en donde la más plena realidad
está unida a la más plena idealidad;
en donde no hay la más mínima divergencia
entre lo que se considera bueno,
pero no existente
y lo que se considera existente.
Nosotros pensamos
un ideal de belleza, de bondad,
y lo que encontramos a nuestro alrededor
y dentro de nosotros mismos
está bien distante de esos ideales.
Pero necesariamente tiene que haber,
-y lo digo porque todo me induce a ello
aunque matemáticamente
no lo puedo probar-
tiene que existir allende
al mundo fenoménico
un ente en el cual esa aspiración
nuestra se verifique.
Eso es, justamente, lo que llamamos Dios.
Aquí continúa.
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