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Publicaciones de los jueves
Periódico El Heraldo de Costa Rica.
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Del Valle Central de Costa Rica

Detalle de la segunda parte del Capítulo I del libro Tipilambi de Eric Díaz Serrano.

Que pase el rey
que ha de pasar...
El hijo del conde
se ha de quedar,
con sus ojitos de mosquito
y sus orejas de torreja".
(canción infantil)

No vinimos todos juntos
a vivir en este valle
de pequeños valles;
pero fuimos hidalgos quienes
escogimos vivir en las alturas.

La sociedad de la que huíamos
exigía de nos modas, impuestos,
guerra y control eclesiástico;
por eso fueron tentación montañas
bellas y lejanas, comer del pan
lejos de ojos desconfiados,
renunciando a grandes ambiciones
a cambio de ser libres
y vivir en paz con los nuestros
y con las montañas.

Paz en las laderas
con su propia finca a solas...
familia aislada, a horas fatigosas
de la familia vecina más cercana
y de la que forma parte
para coexistir en el respeto humano;
viendo a quienes no son su familia
sólo de vez en cuando
y satisface, entonces,
ver un rostro libre en ausencia
de grandes vecindarios y autoridades.

Así, serranos e hidalgos hicieron,
de tanto caminar, trillos
por donde pasaba la noticia,
mientras pies y manos
fueron abriendo la montaña,
el idioma detuvo su evolución
y se amoldó a los rasgos
del habla cotidiana mediante
el voseo: de mí para vos
y de vos para mí, entre individuos
con plena conciencia
de ser alguien.

"Yo quiero un paje
matarilelilerón,
¿ Qué oficio le pondremos ? "
(Canción infantil).

-Eso hizo un desarrollo aislado
en forma deliberada,
aprovechando la configuración
geográfica y basados en el trabajo
propio; produciendo lo suficiente,
pero no más que eso.
Quienes obtuvieron riqueza
fue por medio de un sentido
de cooperación social más fuerte
y mejor cultivado que los demás.

Ganarse la vida trabajando
a base de comprensión sobre
el desarrollo de la agricultura,
trajo alto grado de prosperidad
no conocida por los serranos.

Esos hombres que trabajaron duro
y obtuvieron resultados de sus conocimientos
por técnicas simples,
nacidas de la interrelación
con los mismos individuos,
les proporcionaron estima
entre su mismo medio y esto,
aunado al beneficio material que conlleva,
hizo surgir la clase alta.

En Alajuela, en la sesión N. 98
Convocamos para fundar la primera escuela,
por ser la instrucción pública
el principal fundamento de la felicidad
humana y prosperidad común.

En la Sesión N. 99,
entendidos todos estos honrados
habitantes de la utilidad y ventajas
que resultan del establecimiento
de escuelas para la juventud,
se levanta contribución
para sostener la primer escuela.

Y en la N. 100,
don Rosario y su esposa doña María,
sin tener abundancia de bienes
de fortuna, no admitieron la compra
que se les proponía; sino que,
transportados en gozo por tan feliz proyecto,
decidieron espontánea y gustosamente ceder
el terreno ubicado en la mitad occidental
del norte de la plaza "a condición
de que sea siempre una escuela".

(canción infantil)
caracol col col
que se lleva la corriente
caracol col col
que se lleva la corriente.

Jugaban aquellos párvulos
en los tiempos de recreo
de la primera escuelita.
Párvulos que cuando ancianos,
decían a manera de chanza
que era su pueblo "la capital
del mundo y sus alrededores",
y los hijos de sus hijos,
cuando jóvenes,
entraron en la moda ferviente
de los jóvenes de todo el país:
darse de moquetes
con los lugareños circunvecinos,

o con los hijos de Ñor Enrique
-los alfeñiques- o con los hijos
de Ñor Roque -los alcornoques-
o contra cualquier fuerero
mientras los mayores trabajaban
aquel breve paraíso.

(canción infantil).
"Rin ran rin ran
los maderos de San Juan
aserrín aserrán,
piden pan y no les dan,
piden queso les dan hueso.
Los de Enrique: alfeñiques
los de Roque: alcornoques".

Casi e todo el país
los jóvenes de las muchas
familias prósperas participaron
en el entretenimiento. Y sirvió.
Al tener noticia de que
bien armados aventureros
usurparían el terruño
entonces, cargaron ballonetas
y practicaron envites y paradas:

- ¸Mirá, es fácil... echás en el fusíl
Media onza de pólvora
luego echás un taco y apretás
bien fuerte para meter la bala
y luego le apretás el otro taco;
le hechás pólvora a la cazoleta
y pedernal en el martillo
rastrillas y ahí está la chispa...
¡ Dispará ! porque estamos
en el tiempo del fusil de chispa.

Las loras y yigüirros salieron despavoridos
y las chicharras dejaron de cantar un rato
-o a lo mejor lo que pasó fue que
las dejamos de oir por el estruendo-
pero lo cierto del caso es que,
en aquel mes de marzo de 1856
las madres despedían a sus hijos llorando,
así también las esposas a sus esposos
y las amantes, novias y amigos;
a sus seres queridos.

- Pero nosotros íbamos seguros de vencer
porque los bandoleros se nos habían metido
ya hasta la Hacienda Santa Rosa.
Hicimos entonces una descarga
y a bayoneta calada saltamos
de los corrales de piedra a la casona
y vimos entonces cómo huían
los machos cobardes...

Y los seguimos...
Tenían a la Nicaragua desangrada
y si no haciamos nosotros lo propio
la sangre que seguiría corriendo
sería la nuestra, y la de ellas,
y la de nuestros ancianos
y la de nuestros chiquillos
que llorando se habían quedado allá en casa.

Por eso fue que seguimos tras esas hienas;
porque no eran hombres,
porque no eran humanos, eran hienas...
Y enllegándonos a Rivas nos pareció
todo muy quedo y al percatarnos
caímos en la cuenta de que estábamos
en furor de la batalla porque los malditos
nos hicieron el ataque por sorpresa;
fue como estar en el ojo de un huracán
de fuego, que retumbaba en los oídos
y que nos hizo oler nuestra propia sangre,
sin disparar siquiera una bala
de nuestos fusiles.

¡ Claro que estábamos confundidos!
Nunca habíamos visto a la muerte
encima de nosotros como hienas;
pero por instinto, nos fuimos parapetando
y llámandonos unos a los otros,
ante el fragor inmenso de las metrallas
que el enemigo ardía sobre nosotros...
volvimos a recordar porqué estábamos ahí
y a lo que habíamos venido.

Entonces, el enemigo nos sintió
en el contraataque... Al principio
no se percataron de que fuimos ganando
posiciones ventajosas aún mas allá
del Mesón de Guerra, aquel que el jovenzuelo
Juan Santamaría incendiara y, poco a poco,
con la fuerza de la sangre y de la pólvora
los machos-yanquis fueron cayendo
y nuestra furia hizo huir a los que no matamos.

Victoriosos y agotados nos atacó la peste.
No volvimos todos a casa, pero a todos,
a quienes volvieron y a los que no lo hicieron
seguimos honrando su memoria
por todo cuanto nos defendieron.

Mucha de la riqueza acumulada
durante esos momentos
de crecimiento, fue invertida
por la clase alta,
en el progreso material de todos
y rompió a su vez,
el característico aislamiento,
pues la prosperidad permitió
viajar y cursar estudios
en otras latitudes y,
para los de menores recursos,
se estableció una educación
mediana universal impartida
en el colegio de las palomas
y en el liceo de los pichones
Estas y otras prácticas
nos dio una nación ejemplar.

Señoritas y liceístas
reían, gritaban,
alborozaban o simulaban
ligero cambio en la faz,
a causa del rubor, al escuchar
el BOM BOM BOM
de los músicos, que tocaban
en las cuatro esquinas
de la Plaza principal
de la capital, llamando
a los vecinos para la retreta
dominical.

Ese Bom Bom Bom
se oía por el este
hasta la cuesta de los Moras
-la parte más alta del poblado
en donde había un balneario,
luego un cuartel que al abolirse
el ejército vino a ser Museo Nacional-
BOM BOM BOM por el Oeste
hasta la calle del llano de La Sabana.
Por el norte hasta el río, en donde,
en la misma Boca del Monte el río
ofrecía un paso de angosto
llamado el Paso de la Vaca;
y por el sur se oía ese
bom bom bom bom hasta más allá
de los lavaderos públicos,
en donde estaba el Paso Ancho.

Se escuchaba bien porque era
un caserío sin ruidos;
casa de adobe con buenos cimientos
de piedra, cuyos poblanos
aseguraban que durarían mil años.
en los corredores de las casas
canastas de zuncho con begonias,
petunias, sanrajeles,
violetas o jazmines.

En el interior de las viviendas
un fogón de piedra, horno grande
para dorar el pan,
cazuelas de Barva y ollas
tejareñas (de El Tejar, Cartago).
Los perros echados en las calles
debían suspender la pereza
sólo allfa una vez perdida,
para dar paso a algún carruaje
de los modelos Tílbure o Berlina.

En estos tílbures, berlinas
o diligencias tiradas por caballos,
se pegaban los bandos o comunicados
del gobierno, así como en las esquinas
importantes de la población.

Otros comunicados eran a manera de estandarte,
que portaba un guarda seguido de un tambor
y cornetas que se detenían
en cada esquina de la población.
Tocaban sus instrumentos
y mostraban la enseña;
luego un hombre, en voz alta,
leía para que se enteraran
también los que no sabían leer:

Farí fafá BOM BOM BOM BOM
"Se comunica a todos los vecinos
que para colaborar con la sanidad,
el Municipio pagará a centavo
cada rabo de rata que sea
presentado ante esta comuna".

De ahí vendría un decir popular
aplicado a los que despedían del trabajo:
"No valés un centavo
pues te cortaron el rabo".

Los rosarios eran la moda
para las citas de amor,
los martes para la limosna
y los domingos para atender al novio.
Las viudas debían de permanecer
tres años tristes
y lo demostraban viviendo
con las ventanas y puertas cerradas,
velos negros sobre los espejos,
camas y taburetes;
en las cortinas luengos lazos
también negros, amén de que
no podían reír ni hacer visitas
sociales, salvo a la Iglesia.

Hombres a la derecha,
mujeres a la izquierda,
daban y daban vueltas
alrededor de la plaza.
Las bancas eran para los muy respetables,
un pueblerino ni por broma
se podía sentar ahí
cuando los músicos tocaban
con penachos rojos
sobre sus cabezas,
a excepción del director
(con penacho blanco)
y todos con su uniforme
azul con rayas rojas.

En esa misma plaza,
pero nunca en domingo,
si un hombre cometía una falta
se le daba de palos.

En domingo se lucían trajes de crinolina,
peinados de "atado" y redecillas, camisola
de gola ancha, enaguas largas
de dos o tres colores bordadas de encaje
y los velos caracterizaban
a damas de buena posición social.

Se bailaban cuadrillas, chotís,
valses rápidos y lentos,
bambucos, pasillos, pasacalles
y joropos al son de quijongos,
violines vihuelas.

El Teatro Municipal no tenía
sillas, la gente acomodada traía
a sus criados para que portaran
la silla. este Teatro se cayó
en un temblor, y el nuevo,
al que llamaron Nacional,
de arquitectura clásica renacentista
y colmado de obras de arte,
se convirtió entonces
en el rascacielos de la ciudad.

En la construcción de este Teatro,
nacido del rabajo de los picapedreros,
una gran rampa daba inicio en la Plaza Principal
(hoy Parque Central de San José)
situada a unos doscientos metros.

Sobre la rampa subían, tiradas
por bueyes, carretas cargadas
con grandes piedras y mármol;
delante de cada carreta un boyero
y atrás un peón poniendo calzas
o cuñas en las ruedas.

El alumbrado público era de faroles
a las cinco de la tarde
y luego tocaban un pito
cada quince minutos.

"Ave María Purísima
sin pecado concebido
son las diez, son las diez.
Ave María Purísima
son las diez y quince
son las diez y quince".

Algunos vecinos colgaban
letreros en sus puertas:
"Sereno por favor
despiérteme
a las tres".

Entonces el sereno al pasar
por esa calle decía en tono
amable y fuerte:
"Vecinoooo,
son las tres de la mañana
son las tres de la mañana
Ave María Purísimaaaa".

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